jueves, 21 de septiembre de 2017

Entrevista a Pablo Aguado

Pablo Aguado es probablemente uno de los novilleros con más clase de los últimos años. Sevillano y con un concepto del toreo que aúna pureza y arte, toma la alternativa en La Maestranza de Sevilla el próximo 23 de septiembre. A escasos días de su doctorado le entrevistamos en Porelpitonderecho.com. Está tranquilo, sabedor de que una nueva y nada fácil etapa comienza. Una etapa que, como bien dice, debe de empezar con un triunfo fuerte el día 23. 

Una alternativa de lujo con Enrique Ponce y Alejandro Talavante y toros de Garcigrande y Domingo Hernández el próximo 23 de septiembre en tu plaza de Sevilla. ¿Una alternativa soñada no?
Por supuesto. Yo creo que somos muchos los que soñamos con una alternativa así, con dos figurones máximos del toreo y en una plaza como Sevilla.
¿Qué sensaciones tienes ante esa tu tarde? ¿Qué esperas de ella?
Espero disfrutarla. Lo primero disfrutarla desde la entrega, demostrando que soy consciente de que volvemos a empezar de cero y de que me tengo que ganar el abrirme paso y camino y que esperemos que esa combinación de ilusión, disfrute y entrega se transmita sí o sí en forma de triunfos importantes.
Un padrino y un testigo de lujo. Dos figuras del toreo. ¿Qué nos puedes decir de ellos? ¿Y de la ganadería de Garcigrande-Domingo Hernández?
Sobre los maestros Ponce y Talavante poco puedo decir yo de ellos que no se sepa. Son dos figurones. La temporada del maestro Ponce, vamos, toda su carrera, pero en especial esta temporada que está echando pasará a la historia del toreo. Y el maestro Talavante es de las figuras que a todos nos vuelve locos como torea. La Ganadería de Garcigrande-Domingo Hernández es una ganadería de primer nivel, una ganadería exigente pero que exponiéndote a ella tiene mucha importancia todo lo que se hace a ese toro y llega rápido arriba.
Como novillero has toreado en prácticamente todas las plazas y certámenes más importantes de España y parte de Francia. ¿Se ha quedado alguna plaza pendiente en la que te hubiera gustado actuar?
Lógicamente no se puede estar en todas las plazas porque somos muchos los compañeros, pero la verdad es que me hubiera gustado conocer alguna que otra plaza del norte como Santander o Logroño, plazas así que tienen una categoría máxima. Pero vamos, que digo esas dos por decirte alguna. No me quejo en absoluto de las plazas que he pisado y me siento un privilegiado por haberlas pisado y haber toreado en ellas y lógicamente en todas no se puede estar.
Si tuvieras que quedarte con una tarde y una faena de tu etapa de novillero, ¿con cuál te quedarías?
Es complicado porque he tenido tardes muy importantes. Quizá y sin ser la faena más perfecta, pero por lo que viví y lo que se vivió en la plaza me quedo con las dos orejas de Bayona en el primer año de novillero.
¿Cómo valoras tus tres temporadas como novillero con picadores?
Ha sido una carrera de novillero que hemos intentado enfocarla desde la paciencia y la tranquilidad para irla haciendo poco a poco, intentando no dejarnos llevar por esa forma actual de los novilleros que queremos tomar la alternativa a la ligera. Hemos querido hacer las cosas poquito a poco y gracias a Dios se ha podido demostrar cómo quiero torear, cómo soy como torero y sobre todo lo que quiero.
Si tuviéramos que nombrar algún novillero con el que hayas sentido más competencia, ¿cuál o cuáles serían?
No nombraría a ninguno en concreto porque he tenido la suerte de torear con muchos y todos de primer nivel. Mi primer año toreé con Ginés Marín Y Roca Rey, que eran las figuras del momento. La temporada pasada toreé mucho también con Luis David Adame, con Andy Younes por Francia y también he toreado varias tardes importantes con Rafa Serna. Todos ellos siempre me han hecho sacar lo mejor de mí.
¿Le temes al parón que suelen sufrir los novilleros cuando toman la alternativa?
Soy consciente de que el parón va a llegar. En mayor o menor medida va a llegar porque a todos les ha llegado, excepto casos muy puntuales como el de Roca Rey, aunque ese caso es muy inusual aunque él mismo se ganó no tener ese parón. Soy consciente de que en la medida en la que ese parón llegue será en función de lo que yo me merezca por mis logros como torero. Y eso empieza por triunfar el día 23 para que ese parón sea el menor posible.
No se si eres consciente de que tienes una legión importante de seguidores prácticamente desde que debutaste con picadores. ¿Qué les dirías de cara a tu próxima etapa como matador de toros?
En primer lugar darles las gracias por haberme aguantado en algunas tardes de desatino (risas). Agradecerles por confiar en mi, en cómo quiero interpretar el toreo y que espero que poquito a poco vayamos cada vez afianzándonos más. Yo les admiro mucho y les estoy muy agradecido.
 
Tan sólo nos queda desearle mucha suerte para tan importante día en su carrera y que siga ilusionando a los aficionados con su toreo, esta vez desde el escalafón de matadores de toros. Por si acaso, no le pierdan de vista. Toreros así merecen mucho la pena.

Malditos sean

Mea culpa. No lo vi. No pude verlo. Mi trabajo, que no es este, me lo impidió. Pero leí. Escuché. Sentí el run run. Cada día más fuerte. Cada día más acusado. "Cómo estuvo ese tío" -me decían por la plaza días después. "De lo mejor de la feria" -me repetían día tras día. Y en mi interior pensaba: "no será para tanto. Es un buen torero, eso lo sabemos todos. Siempre lo ha sido. Y lo ha demostrado. Incluso en Madrid. Pero no será para tanto" -me repetía en mi interior a modo de auto alivio. No quería pensar que me había perdido algo tan importante. 

Había visto fotografías, escuchado comentarios, visto caras de alegria de aficionados que sabidos de mi gusto por el toreo artístico me intentaban explicar, incluso toreando de salón, cómo había estado Andrés Palacios. Pero yo seguía sin creer que podría haber sido para tanto. Hasta que el tiempo, la memoria y la recién acabada Feria de Albacete me permitieron tener una hora libre, sólo una hora libre, para poder ver la actuación de Palacios el pasado día 8 de septiembre en la plaza de toros de Albacete. Y me maldije por no haber estado.
Lo que pudieron ver mis ojos se resume en palabras sueltas porque no hay un hilo que las pueda unir coherentemente. Y es que el toreo que hizo palacios no se explica con frases hechas. Se siente ante todo y cuando se intenta contar sólo salen palabras sueltas: pureza, torería, elegancia, arte, chispazo, sensibilidad, Toreo... Y así muchas más de ese estilo. Y es que no pudo estar mejor con dos toros que por si fuera poco apenas colaboraron para hacerles lo que les hizo. Pero ahí quedaron sus caricias con capote y muleta, su figura relajada y rota, sus muñecas de cristal, sus naturales de ensueño al cuarto toro de la tarde, sus remates para el que los quisiera ver, su estar y no estar, su aroma a torero grande. Hacía mucho tiempo que no se veía torear así en Albacete. Hacía mucho tiempo que no se veía un torero así en Albacete. Yo al menos no.
Andrés Palacios tiene treinta y cinco años y un toreo secuestrado durante un montón de primaveras. Alguien, no sabemos quién, nos ha privado de este torero. Maldito sea quien o quienes lo hayan hecho. Y malditos sean porque siempre se ha sabido lo distinto de este torero. Todos lo hemos visto. Pero no se le ha dado lo que merece. Ni siquiera en su querida plaza de Albacete, en cuya Feria llevaba sin actuar desde 2010.
Horas después de su soberbia actuación en su plaza, su banderillero Víctor Hugo Saugar "Pirri" subía a las redes sociales una foto de Andrés acariciando con la mano izquierda la embestida del de La Quinta. La fotografía hablaba por sí sola, pero además, iba acompañada por un texto breve. Breve como las buenas faenas: "que no se pierdan estos toreros, por Dios". Palabra de torero. De torero a la vulgaridad de lo que nos rodea. De torero a los ciegos e incrédulos. De corazón y de mente.
Hay cosas con las que no se juega. Con las que no se ha jugado nunca. La sensibilidad, la pureza y el arte no entran en el juego. En ningún juego. Malditos sean los que nos privan de toreros como Andrés Palacios. Ayer ahora y siempre.


jueves, 31 de agosto de 2017

Hasta siempre, Maestro

Me resulta muy difícil hablar del Maestro en estos momentos. Se me pone un nudo en la garganta cada vez que lo recuerdo. No puede ser que se haya ido. No puede ser que se haya ido de esa manera. No puede ser que se haya ido tan pronto.
Qué puedo decir de él que no se sepa: nada. En este breve artículo no voy a hablar de lo que Dámaso ha sido en el toreo. No hace falta. Todo el mundo ya lo sabe. Tan sólo puedo decir que ha sido el mejor en dos aspectos de la tauromaquia que probablemente sean los más importantes: el valor y el temple. No ha habido un torero más valiente que él. No ha habido un torero que haya templado a los toros más que él. Y tampoco ha habido un torero que se haya arrimado más que él. Dámaso se sacó de la manga ese rinconcito entre los pitones. Ese lugar que nunca antes había pisado nadie y que a partir de él pisaron los que no tanto como él tuvieron el valor de hacerlo. Porque el Maestro se encontraba en ese lugar como el que está tomándose un café en la barra de un bar.
Me costó entrar en el damasismo. Tan sólo era un niño cuando el Maestro daba sus últimos coletazos como torero. Pero aún así tuve la suerte de poderle ver torear en varias ocasiones. La tarde del torazo de Samuel Flores en Madrid marcó un antes y un después en mi. Ese día tuve claro que aquel hombre tan pequeño era muy grande. Y ya nunca dejé de admirarle.
Pero si me admiró el Dámaso torero, aún me admiró todavía más el Dámaso persona. Un hombre sencillo, humilde, bondadoso. Al Maestro te lo podías encontrar cualquier día por las calles de Albacete con su todo terreno y en traje de faena. Casi siempre que le vi venía de trabajar en el campo. Él, que era una leyenda viva del Toreo, que lo había conseguido todo, que era torero de toreros, de repente te lo encontrabas con los pantalones y las botas llenos de barro de sudar en sus tierras como cualquier campesino más.
Tuve la enorme suerte de hablar con él en varias ocasiones. Hablaba con quien fuera. Y lo hacía templado. Te miraba con bondad. Con suavidad, como había tratado él a los toros toda su vida. La última vez que le vi fumaba un cigarro, su eterno cigarro, en la puerta de un restaurante. Sólo, a pesar de que alrededor había mucha gente. Y ahí estaba él. Apoyado en la pared fumando. La gente no se le acercaba por el enorme respeto que su sola presencia imponía. Minutos antes le había regalado mi primer libro y había conversado con él unos minutos. Me recordaba por un artículo muy bonito que años antes había escrito sobre él. Esa noche no soltó mi libro de sus manos ni un sólo minuto. Casi cuando terminaba aquel cigarro en la puerta de aquel restaurante llegué yo. Le miré y me miró. Le dije "hola Maestro" y él me dijo "hola José Antonio". Y añadió: "recuerda lo que te he dicho antes. Cuando me lea el libro te contaré qué me ha parecido". "Muchas gracias, Maestro", fue lo único que acerté a decir ante tal muestra de cariño. Y me dirigí hacia la puerta de entrada del restaurante. Él se quedó apurando su cigarrillo en la soledad de aquella esquina. Mirando al suelo, como ausente. Justo antes de entrar por la puerta miré para atrás y le vi con su vestido verde manzana y oro la tarde del toro de Samuel en Madrid. Aquella tarde, entre los pitones de aquel pavoroso toro también estuvo sólo. Sólo ante el griterío enfervorecido del público madrileño. Sólo ante los gritos de "torero, torero" cuando se dejaba llegar los dos puñales del toro al cuello. Sólo ante la muerte. En ese momento el maestro tiró su cigarro al suelo y lo pisó. Yo me giré y entré en el restaurante. Fue la última vez que le vi. La muerte, esa a la que tanto se había arrimado, esa que tantas veces había burlado con el péndulo de su muleta, le estaba esperando a la vuelta de la esquina para llevárselo para siempre.
Dámaso no ha necesitado morirse para ser mito. Para ser leyenda. Lo ha sido en vida. Lo ha sido como torero y como persona. Ahora ya es inmortal. Ya ha alcanzado la gloria eterna que se merecen los grandes toreros y las buenas personas. Hasta siempre, Maestro. Nos deja un vacío tremendo en el alma. Descanse eternamente. Se lo ha ganado con creces.

jueves, 17 de agosto de 2017

Hasta pronto, genio

Escribo este artículo todavía incrédulo. Sin querer aceptarlo. Sin poder aceptarlo. Morante se ha ido. Así, sin más. Se ha ido. Por tiempo indefinido dice él. Nadie sabe lo que significa esa palabra fría y despiadada. Y nadie lo sabe porque puede ser un hasta mañana o un crudo hasta nunca.

Nunca me he tapado. Nunca me he escondido. Siempre he sido morantista a pesar de que a veces le he criticado. Pero un buen día logré entenderle. Logré meterme en su piel. Y entonces las críticas ya sólo fueron enfados pasajeros provocados por la decepción de no verle como yo quería verle. Pero los artistas geniales son así. Siempre han sido así. Se mueven por otro tipo de fuerza interior a la que la mayoría de los mortales sentimos. Se mueven por otro tipo de fuerza interior que la mayoría de los mortales no entendemos.
Se sobradamente que mi opinión es mía y que a tí probablemente te importe un carajo. Lo entiendo. Soy un simple aficionado que acude a la plaza a sentir. Y lo hago porque es mi forma de entender la Tauromaquia: con sensibilidad, eso que tanto falta hoy en día en cualquier ámbito de la vida y que en el caso de toreros como Morante de la Puebla es clave para poder entender todo lo que le rodea.
Y es que la clave para entender a Morante es precisamente la sensibilidad. Y se trata de tenerla o no tenerla para lograr entender su toreo, su forma de ser, su circunstancia vital. Para sentirle o no sentirle dentro. Pero esto es difícil de explicar y en consecuencia de entender, básicamente porque nada de esto sirve: hay que sentirlo allá muy en el fondo del alma, si es que se tiene. Y tiene que dolerte. Tiene que dolerte mucho.
No te voy a mentir: la retirada de Morante me parece una pesadilla. Y no voy a negar que desde que la anunció me despierto por las mañanas pensando que ha sido un mal sueño. Pero también reflexiono a cada instante y comprendo que quizás necesite descansar. Y es que hay una realidad obvia: a pesar de sus destellos y sus esporádicas tardes de triunfo, sus últimas temporadas no han sido todo lo buenas que cabría esperar en un torero de su categoría. Pero recordemos: Morante no se ha caracterizado nunca por ser un torero con gran suerte en los sorteos. Ahí están los datos. Pocas corridas ha actuado en las que el peor lote no se lo haya llevado él. Y esto no es una disculpa. Es una realidad. Una realidad que se ha sumado al motivo de mayor peso que ha argumentado para abandonar los ruedos. Unos motivos que quizás no han sido muy bien comprendidos por la mayoría. Y es que pienso que esos motivos tienen más del Morante aficionado que del Morante torero.
Doy la razón a todos aquellos que han dicho que él es probablemente el torero que menos se puede quejar en cuanto al ganado, los dineros, los compañeros y demás ingredientes de la Fiesta. Él lleva mandando en esos aspectos mucho tiempo y sería de una osadía tremenda reivindicar lo que ya tiene porque, no nos olvidemos, se lo ha ganado sobradamente en el ruedo durante veinte largos años como matador de toros. Es por ello, y me reitero, que creo a ojos cerrados que la huida de Morante es más una huida de aficionado que de torero.
Hace un año y, precisamente en El Puerto de Santa María, el torero de La Puebla del Río hizo unas declaraciones muy duras al micrófono de Movistar Plus sobre el toro que se está criando actualmente. Dijo que era una pena porque a los toreros de corte artístico y sensibilidad se los estaba cargando el toro tan desproporcionado que salía hoy en día. Y añadió que se estaba haciendo un toro para un torero de mucha técnica y pundonor y eso a él y a la mayoría del público actual le aburría. Y ahí hablaba como aficionado, al igual que lo ha hecho cuando ha denunciado el maltrato al que se le está sometiendo a los novilleros con ese novillo tan desproporcionado que se les está echando.
Posiblemente Morante podría haber seguido toreando a un nivel de mucha menor exigencia en cuanto a plazas, compañeros y ganado. Y estoy convencido que lo podría haber hecho y a buen seguro habría seguido llenando plazas. Pero su condición de aficionado a los toros le ha hecho abandonar y no querer ver lo que bajo su punto de vista está ocurriendo con la Fiesta.
El adiós de Morante ha sido por un cúmulo de circunstancias negativas que han terminado por minarle la moral. Su moral de aficionado. El ataque constante de los antitaurinos, los enfrentamientos entre los propios taurinos, entre los propios aficionados, su mala racha en los ruedos, la constante mala suerte en los sorteos, el toro a contraestilo, su aburrimiento al ver que ya pocas cosas de las que suceden en el ruedo le emocionan, el maltrato a los novilleros, etc. Razones con las que se puede estar más o menos de acuerdo, pero razones al fin y al cabo personales y muy respetables como las de cualquier otra persona, sea quien sea y llámese como se llame.
Nunca me cansaré de decirlo: Morante es un torero de sensibilidad. Y el aficionado debe tenerla para entenderle. Para sentir la belleza de su toreo. Yo te echaré de menos Maestro. Muchos te echaremos de menos. Ojalá ese tiempo indefinido sea un hasta pronto. Y si es un hasta nunca nos conformaremos con la nostalgia y el recuerdo. Tantos y tan bellos recuerdos. El capote de Dios. Las yemas de tus dedos. Las palmas de tus manos. Tu cintura. Tu armonía. El compás. El ritmo. Lo añejo. La torería. El arte. Tantas y tantas cosas tan difíciles de explicar. Pero ante todo una: la certeza de haber podido ver con nuestros propios ojos a un torero único e irrepetible. Uno de los artistas más geniales de la historia de la Tauromaquia. Y eso, Maestro, le aseguro que lo van a lamentar mucho nuestros nietos.
Gracias por tanto. Hasta pronto, genio.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Y la verdad te hizo grande...

Esa bendita pureza Paco. Esa maldita pureza Paco. Dentro y fuera de los ruedos. Esa pureza que hace daño a la vista. Esa pureza que hace daño a las almas de los impuros. Esa pureza que te hace pelearte en los despachos y manchar el hule más tardes de lo normal. Esa bendita y maldita pureza.

Lo ocurrido en esta pasada Feria de Julio de Valencia ha sido el colmo Paco. El colmo de la verdad de un torero. El colmo de la entrega de un hombre. Un hombre sin ataduras. Sin tapujos. Desnudo ante el toreo y ante la vida, a pesar de que esa actitud sea un imán para que todo cueste más. Para que la vida le maltrate a uno más.
Lo he dicho muchas veces: toreas como eres Paco. Y eres muy grande. Muy de verdad. Como esas manos que tienes forjadas en la huerta murciana. Sacrificado. Despojado de lo material para darle tu vida al toro. Para poner tu cuerpo a disposición de una emoción. Para hacernos sentir la verdad dura e irrefutable de lo que ocurre en la arena cada vez que un torero se viste de luces. Y eso es grandioso Paco. Grandioso.
Tardará pero llegará. No tengo dudas. Y no las tengo porque ese camino que llevas sólo puede llegar a un destino: el del éxito y el reconocimiento. El de los dineros y las fincas. El de las reverencias de los más incrédulos. El de las miradas ilusionadas de los chavales que empiezan porque son conscientes de que tienen delante a un auténtico héroe. Y eso Paco, ha ocurrido siempre con los grandes toreros. Con los grandes de verdad.
En este mundo hipócrita y falto de valores hacen falta muchos Paco Ureña. Y faltan para marcar el camino de cómo se debe andar por la vida. De cómo debe afrontar cada persona el sacrificio por alcanzar aquello que sueña. De cómo se debe sentir a pesar de que de vez en cuando algún indeseable te parta la cara. Pero esos Paco, son sólo eso: indeseables.
Llegará Paco. Llegará. Y hasta los más incrédulos plegarán bártulos y prejuicios y presenciarán lo verdaderamente auténtico sin la venda de mezquindad que les impide ver la realidad. Sólo te pido que no te canses de sentir como sientes. De torear como toreas, a pesar de los golpes y las cornadas. A pesar de las zancadillas de los impuros. Qué más da que a punta de pistola te robaran la segunda oreja. Qué más da tres, una o diez costillas rotas. La verdad es el único camino posible en esta vida. La verdad es el único camino correcto. Y la verdad es lo que ya te ha hecho grande Paco. Muy muy grande.

miércoles, 19 de julio de 2017

La conspiración del fracaso...

Hay tardes en las que todo va a salir mal sí o sí. Hay tardes predispuestas al fracaso. Hay aficionados que tarde tras tarde están predispuestos al fracaso.

Ocurre mucho en Madrid, esa plaza que es la más importante del mundo, que es la que más da y la que más quita, que es la que parte el bacalao. Y no importa tanto que sea un cartel de figuras como si lo es de toreros más modestos. Hay tardes que no puede ser y que además es imposible. Un toro cuyo trapío no gusta, que dobla una mano, un torero no del gusto de la afición más exigente, una tarde de llenazos y de clavel. Cualquier excusa es válida para no darle importancia a lo que pase en el ruedo por muy importante que sea lo que allí esté pasando.
Faenas que en otras circunstancias son de premio, en Madrid y en determinadas tardes son de bronca o, lo que es peor, de indiferencia absoluta. Así es la plaza más importante del mundo. Exigente, sí, lo cual es muy necesario en los tiempos que corren, pero caprichosa y llena de tópicos y prejuicios taurinos que muchas veces perjudican más que benefician.
Hay quien simplifica la problemática del mal humor de Madrid a algo tan sencillo como que en San Isidro se trabaja y se mal aparca. Y es que en muchas ciudades españolas las ferias se dan en plenas fiestas, donde poca gente trabaja y la mayoría disfruta de unos merecidos días de descanso. Y en ese estado de relajación física y mental el humor es otro. Quizá a la plaza de toros de Las Ventas muchos aficionados lleguen cabreados después de un mal día de trabajo, después de aguantar las importunancias de su jefe o de una clientela intransigente y feroz. Y si encima te cuesta un mundo aparcar el cabreo se multiplica por tres. Por tanto en muy fácil que en esas circunstancias entres a la plaza con unas desmedidas ganas de pelea con todo lo que se mueva.
El aficionado debe ser exigente. El aficionado debe ser riguroso con lo que ocurre en el ruedo. Con el toro que se lidia. Con la liturgia taurina. Pero también debemos tener sentido común y captar la importancia de lo que ocurre en la arena, y, en consecuencia, ser justos y equitativos con toreros y ganaderos. Sólo así proyectaremos la imagen de una Fiesta sana y una afición unida.
A la plaza no hay que ir con ideas preconcebidas. Con prejuicios sin sentido. A la plaza hay que ir con la mente en blanco para poder captar todo lo que allí ocurre. Hay que ir despojado hasta de sentimientos, casi vacío por dentro, para poder emocionarnos con una buena verónica, un buen puyazo o un estoconazo por todo lo alto. Porque todas las tardes ocurre algo. Sólo depende de nosotros el captarlo y el sentirlo. No conspiremos con el fracaso porque si lo hacemos este será la oscuridad que nos impida ver la luz, por muy poquita y tenue que esta sea.

miércoles, 5 de julio de 2017

Siempre merece la pena...

Lo siento. Sigo consternado por la muerte de Iván Fandiño. No es tan fácil pasar página. Y cuando parece que comenzábamos a asimilar su repentina muerte, ahora nos llega otra desde México: la del joven torero azteca Ramiro Celis.
Me ocurrió tras la muerte de Víctor Barrio. Y me ha vuelto a ocurrir tras la de Fandiño y Celis. He vuelto a preguntarme de forma obsesiva si esto realmente merece la pena. Si está afición sale rentable emocionalmente. Si es necesario sentir tanto dolor de forma gratuita. Y me lo pregunto yo que soy un simple aficionado. Imagino las veces por segundo que se lo deben de preguntar los profesionales, esos que sí se juegan la vida de verdad delante del toro, no yo que asisto sano y salvo desde un tendido o desde el sofá de mi casa a lo que ocurre tarde tras tarde en el ruedo. Eso sí que es gordo...
Y a pesar de la dureza de esta afición, de este mundo del toro, ahí volvemos tarde tras tarde. Y volvemos porque algo nos llama poderosamente. Algo nos hace sentir cosas muy fuertes ahí adentro. Es inexplicable. Lo sé. Y no será porque no llevo tiempo intentando saber el porqué uno vuelve a contemplar este espectáculo tras una tragedia como las varias que llevamos en este último año. Pero la respuesta no es racional. La respuesta está mucho más dentro. Mucho más al fondo de todo lo visible.
Este espectáculo siempre merece la pena. Siempre. A pesar de la crudeza de lo que ocurre en el ruedo. A pesar de la dureza de las cornadas. A pesar de que la auténtica belleza y la emoción rara vez aparecen una tarde de toros. A pesar de los enfrentamientos casi a muerte de los aficionados en las redes sociales. A pesar de los cuchillazos que nos lanzamos entre nosotros mismos por defender esta postura o la otra. Esta ganadería o la otra. Este torero o el otro...
Lo puro siempre merece la pena. Lo verdadero siempre debe ser defendido. En esta sociedad tan vacía de todo siempre debe haber una plaza de toros para recordarnos qué es la vida. Qué es lo real. Qué es la muerte y cómo son los hombres de verdad. A pesar de la sangre, de las muertes, de los enfrentamientos. A pesar de todos los pesares.
Vivimos en un mundo real. En un mundo que duele. En un mundo donde mueres cada día un poco más. Donde algún día incluso puedes morir del todo. Y la Tauromaquia es eso: vida, muerte, ruido, emoción, arte. Algo tan fácil y difícil de explicar. Algo tan fácil y difícil de sentir. Por eso siempre merecerá la pena. Porque mientras el mundo gire loco a nuestro alrededor, siempre habrá una plaza de toros donde la vida sea auténticamente real, donde lo que allí dentro ocurra sea lo puro y verdadero y no tenga nada que ver con lo que hay fuera. Donde un hombre se enfrente a la realidad sin tapujos. A la vida y a la muerte.
Renato Motta, El Pana, Víctor Barrio, Iván Fandiño y Ramiro Celis: habéis honrado la profesión más difícil y verdadera del mundo. Y la habéis honrado ni más ni menos que con vuestras propias vidas. Por eso esto siempre merecerá la pena. Siempre...

Moriré libre...

Hola Iván. Te escribo estas palabras porque necesito vomitar toda la rabia que llevo dentro. Te escribo estas líneas maldiciendo a voz en grito tu mala suerte. Puta mala suerte Iván. Puta mala suerte. Te ha tenido que pasar a tí. Precisamente a tí, con todo lo que te ha costado hasta llegar donde has llegado. Precisamente a tí que has tenido que luchar siempre contra viento y marea. A tí que te han cogido los toros toreando con la máxima pureza y verdad. A tí que siempre echabas la pata pa'lante. Qué nunca la escondías. Que la dejabas ahí para que el toro te la atravesara si quería. A tí que toreabas a todos los toros como si fueran buenos. A tí que te tirabas a matar con el corazón. Recto, sin ventajas. De verdad. Como si no hubiera un mañana. Y mira por donde has ido a morir al hacer un quite absurdo a un toro que ni siquiera era el tuyo. Pero claro: tú nunca perdonabas un quite. Eras un león, un guerrero y, hasta en eso, demostrabas tarde tras tarde que aquellos atributos que tenías entre las piernas te llegaban hasta el suelo. Y encima te ha tenido que pasar en Francia. Tu Francia. Esa que nunca te dio la espalda. Esa que te dio cobijo cuando no eras nadie y que te había vuelto a abrazar ahora que la afición española había renegado de ti. Allí, tan cerquita de tu Orduña natal. Qué ironía del destino. Qué mala suerte Iván. Qué mala suerte.

Porque tú fuiste el primero que le pegó una patada a la puerta y la tiró abajo a fuerza de valor y tesón. Porque tú fuiste el primero que entró después de tantos años en los carteles de las figuras. Es triste que ahora se hable de los jóvenes que lo están haciendo y nadie se acuerde de ti. Qué miserables somos los aficionados. Qué miserable es la prensa taurina. Tú fuiste el primero y por suerte unos pocos lo sabemos y te lo reconoceremos siempre.

Porque todos los que nos consideramos buenos aficionados hemos sido fandiñistas en algún momento de tu trayectoria. Era fácil ser de ti: nos dabas lo que tanto pedíamos en los toreros. Esa verdad ante cualquier tipo de toro. Sin mirar el encaste. Sin mirar el hierro. Tarde tras tarde. Pero aún así querías más. Querías hacer historia. Te había costado mucho porque no todo el mundo te veía con buenos ojos en los carteles de relumbrón. Y entonces vino aquella tarde gris en Madrid. Aquella tarde en la que las cosas no salieron bien. Aquella tarde a partir de la cual los que te habían recibido con ramas de olivo te despidieron cual turba camino del calvario. Te crucificaron sin dudarlo. Pero esa misma noche comenzó tu resurrección. Una resurrección nacida del orgullo interior de un torero con raza. De alguien que se había hecho a sí mismo a base de esquivar golpes. Tú mismo lo dijiste horas después: “gracias a todos los que confiáis en mí. No es momento de lamentos, es hora de levantarse y buscar la próxima batalla”. Y es que tu carrera no podía acabar así.

Porque sólo tú eras capaz de brindarle un toro a un chaval desconocido al que un novillo le acababa de destrozar la cara. Porque sólo tú eras capaz de brindarle un toro con esas palabras a un padre que hacía poco había perdido a un hijo en el ruedo. Porque sólo tú eras capaz de preocuparte siempre por tus compañeros y de estar pendiente de ellos cuando caían heridos. Así eras tú Iván: puro y verdadero. Como tu toreo.

Recuerdo aquella tarde en Bilbao en la que un toro de La Quinta te había metido en la Enfermería. Minutos después saliste. Muy dolorido, pero saliste. Andando, como los guerreros valientes. Asumiendo tu papel de luchador incansable y poco afortunado. Sin un mal gesto nos atendiste a los pocos aficionados que te esperábamos para saludarte y decirte lo mucho que te admirábamos por tu lucha heroica dentro y fuera de los ruedos. Aquel día supe que estaba ante una persona auténtica y excepcional por sus valores taurinos y humanos. Unos valores que seguirás demostrando allá donde quiera que ahora estés.

Recuerdo también con gran cariño mis años de trabajo y batalla en Guadalajara. Y recuerdo que cada vez que volvía a casa, sin importarme lo cansado que pudiera estar, paraba en tu finca de Fuentelencina para observar cómo tu sueño se iba haciendo realidad. El vallado, el cortijo, tu preciosa placita de tientas. La última vez que pasé acababan de terminarla. Relucía el rojo sobre las pareces. Relucía todo porque todo era nuevo. Y en el portalón de la entrada, a cada lado, la I y la F de tus iniciales sobre una espada. Tu hierro ya estaba allí. No hace ni un año de aquel día Iván. Tu finca era tu sueño. Una finca que apenas has disfrutado.

Cómo ovidar lo bien que me trataste tú y tu gente años antes, cuando aquel 1 de octubre de 2013 de camino a casa me colé en Cantinuevo, la finca pegadita a la tuya de tu gran amigo Antonio González, para verte matar dos toros a puerta cerrada. Presentabas ante la prensa tus dos actuaciones en la Feria de Otoño de Madrid de ese año con las corridas de Victoriano de Río y Adolfo Martín. Una apuesta muy fuerte. Y cómo olvidar cuando tras el esfuerzo de matar dos torazos entraste con tu sonrisa eterna en la sala donde estábamos todos como si fueras uno más, cuando realmente eras el protagonista, el motivo por el que todos estábamos allí. Y es que estabas como en casa. De echo a tan sólo unos metros de tu casa. En Fuentelencina. Tu Fuentelencina. El mismo pueblo donde veraneaba Manolete con su novia Lupe Sino. El mismo pueblo donde querías disfrutar de una larga vida con tu mujer, tu niña y tu gente. Manolete e Iván Fandiño. Dos héroes. Dos hombres que han dado su vida por la Tauromaquia.

En tu reciente funeral, tu gran amigo Jesús Arruga ha dicho que si hubieras tenido que escribir tu final, a buen seguro que habrías escrito este. El mismo que te ha acontecido sin esperarlo. Qué de bien te conocía Iván. Siempre se ha dicho que la mayor gloria para los toreros es morir en la plaza para así dignificar su profesión y pasar a la historia como un héroe. Y aunque yo tampoco dudo de que hubieras deseado que te sucediera este final en algún momento de tu vida, yo y muchos como yo pensamos que un torero no debe de morir en el ruedo, sino tras una larga vida y después de haber disfrutado de lo que os habéis ganado a sangre y fuego en los ruedos. Perdona mi osadía Iván. Quizás no lo entienda porque no he sido torero, a pesar de que siempre lo he deseado con toda mi alma.

Néstor, tu Néstor, tu amigo, tu hermano, tu padre taurino, siempre decía que habías sido un error del sistema. Que tu caso no había sido normal. Que habías sido un caso imposible de volverse a repetir en nuestros días. Que un hombre casi sin conocimientos taurinos, que había sido pelotari antes que torero, que había tenido que adaptar su cuerpo para poder estar delante de un toro, que se había hecho en las durísimas capeas primero de su tierra y luego en las de Salamanca y Guadalajara, no podía llegar donde tú habías llegado si no se tenía una voluntad de acero. Él confió tanto en ti la primera vez que te vio que ya no se despegó nunca de tu vera. Ni tú de él, a pesar de que tuviste muchas oportunidades para haberte ido con apoderados mucho más importantes e influyentes que Néstor. Pero ni siquiera se te pasó por la cabeza dejarlo. El brindis del toro de tu alternativa en Bilbao la tarde del 25 de agosto de 2005 cuando todavía no eras nadie en esto lo dejó más que claro: “este es el penúltimo toro que te brindo. El último será el de mi despedida de los ruedos”. Así fuiste con Néstor: fiel hasta el final. Fuiste un error del sistema. Tu muerte también ha sido un error. Un error del destino, de Dios o de quien quiera que dirija este mundo loco lleno de desgracias incomprensibles.


No quiero irme nunca, me quedaré en el recuerdo, en la mente, en el alma, donde nunca muera”, dijiste en una ocasión. “Tengo una cita con la historia y, si he de morir, moriré libre”, dijiste en otra ocasión. Ten por seguro que has muerto libre pero que nunca vas a morir en las mentes y en los corazones de los aficionados. Los héroes nunca mueren para siempre Iván. Tu lucha humana y taurina siempre será el mejor de los ejemplos para todos los que amamos la Tauromaquia. Toma la eternidad torero. Disfrútala. Te la has ganado con creces.



miércoles, 7 de junio de 2017

Un antes y un después...

Hay un antes y un después en Morante. Hay un antes de Pepe Luis y hay un después de Pepe Luis. Y es que la compañía que últimamente le está haciendo el hijo del “Sócrates de San Bernardo” al torero de La Puebla del Río está surtiendo una serie de efectos en el ruedo que al menos yo veo cada tarde que Morante se pone el chispeante.
Hay varios, pero fundamentalmente uno: la naturalidad. Desde que Pepe Luis y Morante son inseparables veo a este más natural que nunca. Más suave, más liviano si cabe. Más como una brisa en determinados momentos de sus
faenas. Morante ha ido poco a poco abandonando lo barroco para hacer un toreo minimalista, si se me permite la comparación con los géneros artísticos citados. Aprecio que Morante ahora no abre tanto el compás con la muleta para hacer un toreo de piés en línea con los hombros. Y todo ello sin dejar de dominar al toro en cada embestida,algo que siempre ha hecho y que continúa haciendo.
Porque Morante domina. Claro que domina. Y somete. Claro que somete. Ofrece siempre el pecho con una leve inclinación de tronco, apenas perceptible, que le hace sentir que controla desde arriba aquello que con su ímpetu normal pasa por abajo. Y los sigue llevando largo, que no se nos olvide. Pepe Luis también ha influido en esto puesto que si bien es cierto que el hijo del “Sócrates” no fue un torero excesivamente dominador, ha inyectado en Morante el componente necesario que a él le sobraba y que a José Antonio quizás le faltaba para que el dominio del de La Puebla sea ahora un dominio fundamentalmente más natural y más bonito.
Si de algo adolecen los toreros hoy en día -y lo digo con el máximo respeto y admiración que les tengo-, es precisamente de naturalidad. De que aquello sea algo en lo que no haya estridencias ni posturas forzadas. De que aquello fluya y sea parte de un todo donde la suavidad se imponga a la fuerza bruta. Talavante y Paco Ureña son quizás otro ejemplo de ello. Y es que el torero de Lorca cada vez ejecuta el toreo con más naturalidad y belleza, sin dejar a un lado lo que como a Morante le ha caracterizado siempre: la pureza.
Pepe Luis está influyendo en Morante para bien. Quizás es lo que le faltaba al genio de La Puebla del Río para ser todavía más completo de lo que ya es. Y es que con Pepe Luis cerca hasta está toreando más despacio y más templado que nunca.
Dice un castizo refrán español que “dime con quien andas y te diré quien eres”. Pues bien: Morante cada vez es más Pepe Luis y Pepe Luis más Morante. La simbiosis perfecta. La simbiosis que cada día nos hace disfrutar más a los que como yo nos consideramos morantistas empedernidos. De todos es sabido que en el toreo dos más dos nunca suelen ser cuatro. En este caso concreto, Morante más Pepe Luis siempre dará como resultado el buen toreo. Siempre dará como resultado el número excelso y redondo del buen toreo. Y en eso amigo, no hay duda posible.

viernes, 26 de mayo de 2017

El poder de la naturalidad...

Escribo estas líneas impactado todavía por las últimas faenas de Alejandro Talavante y Antonio Ferrera en Madrid. Dos faenas cortas e intensas. El pronto y en la mano que diría el eterno Antoñete. Lo bueno. Lo que emociona. Y es que en esto del toreo también se cumple aquel dicho que dice que "lo bueno si breve dos veces bueno".
Dos faenas que salvaron dos tardes a la deriva. Dos faenas repletas de torería. Dos extremeños haciendo el toreo caro. Dos obras desbordadas de algo que por desgracia cada tarde se ve menos en las plazas: naturalidad. Sí, naturalidad. Sobran muchos dedos de una mano para citar nombres de toreros que lleven a gala eso de la naturalidad. Ferrera y Talavante son dos de esos dedos.
Esa es la grandeza de este espectáculo. Esa es la magia. Estás allí y no pasa nada. Te aburres. Miras a cualquier parte de la plaza. Miras tu teléfono mil veces. Allí sigue sin ocurrir nada. Para qué habré venido... Y de repente surge algo. Algo grande. Algo mágico. Un hombre se distingue del resto de los mortales. Un hombre se distingue del resto de los toreros. Y entonces, en cinco minutos y con apenas quince muletazos aquello se pone boca abajo. Ya nadie mira los teléfonos. Todo el mundo mira a la arena. Allí está pasando algo muy gordo. Ahora sí. Todas las caras cambian de expresión. Y del aburrimiento se pasa a la más excelsa emoción.
Cuesta digerir el cómo, el cuándo y el por qué de las últimas faenas de Ferrera y Talavante en Madrid. Cuesta hasta soñarlas. Cuesta ver a dos hombres con más naturalidad delante de un toro. Costará mucho ver algo tan puro durante toda la Feria como lo hecho por esos dos genios del toreo. Y es que estos dos conocen el fuego por dentro.
Pureza. Torería. Brevedad. Y sobre todo naturalidad. Na-tu-ra-li-dad. Cuando un torero reúne todo eso lo demás pasa a un segundo plano. Incluso la condición del toro que se tiene delante. Cuando un torero se pone ahí con la izquierda, desnudando su alma para ofrecerla al servicio de la pureza y la emoción. Cuando un torero se pone ahí y se los pasa roto suavizando la violencia de la bestia que tiene delante y del mismo mundo que le rodea. Cuando se hunde el mentón en la barbilla hasta hacerse daño. Cuando se mira al tendido con la soberbia de quien se sabe autor de una obra inmensa pero efímera. Un suspiro y a por la espada. Un suspiro y aquello ya ha acabado. Eso amigo no puede durar mucho. No hay corazón que lo aguante.

lunes, 15 de mayo de 2017

Las broncas...

Hace unos días en Sevilla pude presenciar y escuchar una de las broncas más fuertes que he escuchado en mi vida taurina. Fue la que el público de La Maestranza le dedicó a Morante de la Puebla cuando abandonó el ruedo el pasado jueves 27 de abril. Y es que tras una tarde apática y poco afortunada del torero de La Puebla del Río, el público desahogó su frustración a base de pitos y abucheos. Y yo tan sólo me puse a escuchar y a sentir lo que en ese momento estaba pasando en el coso del Baratillo.
Cuando Morante desapareció por el patio de cuadrillas aquello cesó de repente para prorrumpir en una tremenda ovación al siguiente torero que se disponía a cruzar el anillo camino de su hotel. Era El Juli el que en ese momento era fuertemente ovacionado gracias a su buena actuación y entera disposición esa tarde en el coso maestrante.
Y entonces en mi mente apareció el contraste. Lo contradictorio. En apenas veinte segundos había sentido el enfado y la alegría. El desprecio y el agradecimiento. La bronca y los aplausos. Y en ese momento volví a sentir que esta Fiesta está más viva que nunca porque en contra de lo que muchos dicen, aquí se siguen generando emociones que brotan del alma de cada persona que presencia un festejo taurino una tarde cualquiera.
La Fiesta es y debe ser eso: polos opuestos. Alegría y decepción. Bronca y triunfo. Éxtasis y disgusto. Lo que no debe aparecer nunca bajo ningún concepto es el aburrimiento. Ese hastío que relativiza el tiempo más que nunca y que provoca que algunas tardes salgas de la plaza con la sensación de que has estado diez horas allí metido.
El gran Rafael "El Gallo" -muy asiduo a esto de recibir broncas a lo largo de su trayectoria taurina-, dijo en una ocasión que las broncas eran necesarias y hasta buenas para la salud porque al chillar se ensanchaban los pulmones. Ahí es nada. También dijo que ante un marrajo manso y peligroso prefería mil veces una bronca que una corná, porque las broncas se las llevaba el aire y las cornás se las quedaba uno. Palabra de genio.
Esta es la Fiesta de lo sublime o lo estrepitoso. De las emociones opuestas. Del llanto por lo bello y efímero de una faena. Del cabreo por la apatía y la poca disposición de un actuante, ya sea toro o torero. No es la Fiesta del aburrimiento, porque este, sin duda, es el que puede acabar con ella, no las legiones de políticos y antitaurinos que la odian, los cuales también son necesarios para que se sienta más viva cada día en un mundo cada vez más muerto, por cierto.

viernes, 28 de abril de 2017

Afición...

A veces me pregunto por qué muchos chavales con extraordinarias maneras para ser toreros no acaban llegando en muchos casos ni a debutar con caballos. Y ni qué decir tiene que tampoco a tomar la alternativa ni mucho menos a ser figura del toreo cuando en sus inicios gran cantidad de gente deposita en ellos las máximas esperanzas.
La gente del toro y los aficionados solemos decir que la suerte juega un papel importantísimo en estos casos. Es cierto. La verdad es que para llegar a ser algo en el Toreo hay que tener mucha suerte. Estar en el lugar y en el momento preciso. Que todo ruede bien. Que el tren pase y se den las condiciones oportunas para que te subas a él y ya no te bajes nunca. Porque ese tren pasa para todos los que quieren ser toreros. Para todos. Y el que diga que no miente.
A cualquier chaval se le da una oportunidad por pequeña que sea para coger ese tren. Y aunque esas oportunidades a las que hago referencia no se den en plazas de relumbrón, lo cierto es que el boca a boca ha sido lo que en muchos casos ha puesto en el candelero y en el punto de mira de muchos apoderados influyentes e importantes a muchos chavales en sus inicios. De ejemplos de lo que acabo de decir está el Toreo lleno.
Pero hay una cosa que yo considero más importante que la propia suerte a la hora de ser torero: la afición. Cuántos casos hay de aspirantes a matadores de toros importantes e incluso a futuras figuras del toreo que se han quedado en el camino precisamente por falta de afición. Y cuántos casos hay de toreros importantes e incluso de figuras del toreo que todavía se mantienen ahí gracias a su feroz afición por el mundo del toro. Tanto en un caso como en otro la respuesta es muchos.
Estarás pensando que hay otros factores que influyen en el hecho de llegar o no. De acuerdo. El valor es importantísimo, quizás uno de los pilares básicos a la hora de fraguar un futuro torero de ferias. Pero también es cierto que no son pocos los matadores de toros que en más de una ocasión han dicho que el valor es algo que se puede adquirir a base de aprendizaje de la técnica de torear y el conocimiento del toro y sus reacciones, miradas, querencias y terrenos.
La afición es otra cosa amigo. Eso se tiene grabado a fuego en el alma o no se tiene. Afición por los toros es estar pensando cada minuto del día en esto. Afición es levantarte y pensar en el toro. Afición es que el último pensamiento antes de dormirte sea tal o cual faena o tal o cual toro. Afición es querer esto, estar enamorado de esto. Afición es moverte por la calle en torero, torear al viento sin capote ni muleta. Afición es querer alcanzar de verdad el sueño de ser torero porque vives para ello y en tu mente no hay hueco para otra cosa. Afición es luchar día a día por entrenar, aprender, evolucionar... Esa es la base para ser algo en esto: amarlo con todas tus fuerzas. Si no es así te quedarás por el camino. Por muy buenas maneras que tengas. Por muy buenas condiciones que tengas. Por mucho valor que poseas.
Afición, afición y afición. Nada tiene sentido sin afición...

miércoles, 12 de abril de 2017

Apostar...

Nos quejamos constantemente de que no salen figuras nuevas. De que el escalafón no se renueva. De que llevamos años sin que un joven torero le pegue una patada a la puerta y la arranque de cuajo. Y el caso es que es cierto. Desde la irrupción de Alejandro Talavante allá por el año 2006 no ha habido otro caso de un joven que en tiempo récord se haya puesto en figura del toreo. Hasta que ha aparecido Andrés Roca Rey...
El caso de Roca Rey no es tan difícil de comprender ni de analizar. Intentamos darle mil vueltas a las cosas. Que si no se llega arriba si no te apodera una casa empresarial grande, que si la suerte es fundamental, que si las figuras no dejan sitio en los carteles para los jóvenes que despuntan, etc, etc, etc... Que conste que no le quito importancia a estos factores, que en su medida la tienen, aunque no tanta como se cree. Yo voy más allá. El caso de Roca Rey es el claro ejemplo de cómo llegar a ser figura del toreo.
El pensamiento de Roca Rey desde que se enfundó por primera vez el traje de luces fue claro y diáfano: aquí hay que lograr llegar a ser figura del toreo. ¿Cómo? Apostando fuerte. Muy fuerte. Extremadamente fuerte. A pesar de que el peaje sea duro, como de hecho lo está siendo.
Y es que cuando uno tiene las ideas tan claras no hay tu tía. Cuando uno sale a querer ser figura del toreo no hay medias tintas. O se está o no se está. Y el camino es sólo uno: jugarse la vida y arrollar cada tarde. Esa es la actitud de los que han llegado a figuras del toreo. Y es que cuando uno quiere llegar a lo más alto y lo da todo cada tarde sólo hay dos posibles soluciones: o un toro te quita de en medio o te pones en figura del toreo para los restos. Así de sencillo.
Roca Rey se encuentra ahora mismo en esa tesitura: o un toro le quita de en medio o se coloca en la cumbre y ya no se baja por los siglos de los siglos. De momento su disposición cada tarde, su claridad de ideas y su arrojo y valor le están proporcionando triunfos pero también brutales porrazos y cornadas. Este año es el año clave: o un toro lo borra del mapa o se consolida como figura del toreo. Veremos.
Te puede gustar más o menos el toreo de Roca Rey. Puedes preferir otros toreros de otro corte. Todo es respetable. Pero con la actitud no se negocia, y para ponerse arriba hace falta actitud de querer ser, de querer llegar. De querer dejarse la vida si es preciso para conseguirlo. De tirar la moneda y que sea lo que Dios quiera. Estoy convencido de que si más chavales hubieran tenido la decisión y la actitud del torero peruano a lo largo de estos años, a buen seguro que hoy en día tendríamos en el escalafón de matadores cuatro o cinco figuras del toreo más de las que tenemos. Pero como digo, el camino hasta llegar arriba no es fácil. Sobra decir que es duro y muy incierto.
Se trata de apostar. De jugar a la ruleta rusa. Pero todo el mundo no está dispuesto a ello...

sábado, 1 de abril de 2017

Demasiado real...

                                                       Foto: Julián López


El pasado domingo pude observar en la plaza de toros de Las Ventas un hecho que me llamó poderosamente la atención entre el caos que se acababa de producir. El primer novillo cogía al novillero sevillano Pablo Aguado quedando inerte en el suelo por el traumatismo recibido. Las cuadrillas no llegaban nunca a socorrer al torero. En el tendido reinaba el pánico y la confusión. Por un momento a todos nos vino a la memoria Teruel. Por un momento todos nos acordamos de Víctor Barrio.
Cuando por fin el novillero fue socorrido y llevado inconsciente a la enfermería, las caras de todos los allí presentes eran un poema. Había miedo. Miedo a revivir tragedias pasadas. Un hombre acababa de estar inerte en la arena, despojado de todo su ser, entregado en cuerpo y alma a la muerte, al animal feroz que le buscaba en el suelo para saciar su instinto asesino.
La gente gesticulaba y hablaba sin cesar de lo que podría haber pasado. En ese momento mis ojos se fueron del ruedo a una zona concreta del tendido. Dos niñas pequeñas lloraban desconsoladas por lo que acaba de ocurrir. Una en brazos de su madre. La otra de la mano de su padre. Y todos, raudos, se disponían a huir despavoridos  de la plaza. La tarde se había acabado para ellos. Se iban. Aquel sinsentido había acabado. Ese suceso trágico no entraba en sus planes. La desgracia no existía para esas niñas. Y como almas que lleva el diablo desaparecieron por la bocana del tendido 6 en dirección al abismo de Madrid.
El dolor, la muerte. Nada de eso existe para las nuevas generaciones. La vida debe ser de color rosa. Aquí no cabe la incertidumbre. Por ello los jóvenes no quieren saber nada de nosotros. Porque amamos un espectáculo en el que está permanentemente presente la muerte. Porque no huimos despavoridos cuando lo que puede haber en la arena es un hombre muerto. Por eso tanta y tanta gente no quiere saber nada de este espectáculo. Porque es tremendamente duro y real.
Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido con lágrimas en los ojos ante lo que ha podido pasar. Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido agarradas fuertemente al teléfono móvil esperando noticias tranquilizadoras que nunca llegan. Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido que no saben qué contestarle a la intranquila madre del torero que no para de preguntar si su hijo ha matado ya a su primer novillo. Que no para de preguntar por qué su hijo tarda tanto en matar a su novillo. Porque detrás de ti pueden estar dos personas que no saben qué decirle a esa madre. Que no saben qué mentira contarle para que su corazón no se ponga a mil por hora.
Eso es nuestra Fiesta: tragedia, triunfo, indiferencia, emoción. Lo que ocurrió el pasado domingo en Las Ventas es nuestra Fiesta. Lo que ocurrió el pasado domingo en Las Ventas es la vida misma. Algo que no todo el mundo tiene intención de comprender. Algo demasiado real para ser aceptado...

miércoles, 15 de marzo de 2017

Las Escuelas...

Tras el impasse de hace quince días donde escribí algo que me ardía en el alma, retomo mis sueños utópicos con el que de momento cierra una colección de imposibles que a buen seguro yo no veré hacerse realidad en el tiempo que me quede por vivir. Hablaré de las Escuelas Taurinas.
Vaya por delante que no estoy en contra de ellas. Yo mismo en mis años mozos fui alumno de dos de ellas y algo sé de ello. Poco, pero algo sé. Es por ello que creo que las Escuelas Taurinas tienen sus aspectos positivos pero también hay alguno que otro negativo.
Evidentemente que las Escuelas son un filón de valores y educación para la vida cotidiana de tantos y tantos chavales que no tienen otro sueño en la vida más que ser toreros. Muchos de esos chavales van a encontrar ahí la educación y los valores que por diversas circunstancias no van a encontrar ni en sus casas ni en sus centros educativos.
Las Escuelas Taurinas han quitado a muchos de esos chavales de las capeas nocturnas, del carretera y manta con el atillo al hombro, del pasar hambre por esos pueblos de Dios en busca de una vaca vieja y toreada a la que dar cuatro muletazos mal dados sin menoscabo de perder la vida en ello. La Escuela les ha enseñado una técnica de torear que de otra manera habría sido muy difícil de conseguir a no ser que hubiera sido a base de porrazos y volteretas tal y como ocurría con los maletillas de antaño.
No obstante, generalmente en las Escuelas Taurinas no se deja rienda suelta a la personalidad de cada aspirante a torero. Muchas de ellas se basan en un tipo de torero y de toreo y "fabrican" futuros toreros hechos con el mismo molde, lo cual es un grave error. Una cosa es enseñar la técnica y otra cercenar la personalidad torera de un chaval para que interprete el toreo como el profesor o la filosofía de la Escuela quieran que lo haga. Y es que en ese sentido los toreros antiguos que no se formaron en las Escuelas de Tauromaquia le han tenido siempre ganada la partida a los actuales o futuribles toreros. La personalidad es algo que se lleva muy dentro, y aquellos toreros la plasmaban en su toreo sin nadie que les dijera que toreaban muy "tiesos" o que la mano que no torea había que ponerla aquí o allí.
Echo de menos hoy en día algún torero que no se haya forjado en una Escuela Taurina. Echo de menos algún que otro heterodoxo del toreo porque eso es necesario para que la Fiesta cobre interés. Me aburre tanta ortodoxia. Hacen falta toreros que se salgan de la norma, tanto si interpretan el tremendismo más absoluto como el más refinado concepto artístico de la Tauromaquia. Luego cada aficionado tendrá sus gustos e irá a ver a uno o a otros, pero de lo que no tengo duda es de que la Tauromaquia ganaría muchos enteros.
Debemos volver a la variedad de toreros de hace 50 años. Múltiples personalidades en el panorama taurino. Riqueza. Libertad de personalidad. Nada de normas sobre cómo interpretar el Toreo. ¿Utopía? Sí. Por supuesto. Y es que como digo siempre y vuelvo a repetir por enésima vez, sobre lo escrito ahí arriba, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.