miércoles, 19 de julio de 2017

La conspiración del fracaso...

Hay tardes en las que todo va a salir mal sí o sí. Hay tardes predispuestas al fracaso. Hay aficionados que tarde tras tarde están predispuestos al fracaso.

Ocurre mucho en Madrid, esa plaza que es la más importante del mundo, que es la que más da y la que más quita, que es la que parte el bacalao. Y no importa tanto que sea un cartel de figuras como si lo es de toreros más modestos. Hay tardes que no puede ser y que además es imposible. Un toro cuyo trapío no gusta, que dobla una mano, un torero no del gusto de la afición más exigente, una tarde de llenazos y de clavel. Cualquier excusa es válida para no darle importancia a lo que pase en el ruedo por muy importante que sea lo que allí esté pasando.
Faenas que en otras circunstancias son de premio, en Madrid y en determinadas tardes son de bronca o, lo que es peor, de indiferencia absoluta. Así es la plaza más importante del mundo. Exigente, sí, lo cual es muy necesario en los tiempos que corren, pero caprichosa y llena de tópicos y prejuicios taurinos que muchas veces perjudican más que benefician.
Hay quien simplifica la problemática del mal humor de Madrid a algo tan sencillo como que en San Isidro se trabaja y se mal aparca. Y es que en muchas ciudades españolas las ferias se dan en plenas fiestas, donde poca gente trabaja y la mayoría disfruta de unos merecidos días de descanso. Y en ese estado de relajación física y mental el humor es otro. Quizá a la plaza de toros de Las Ventas muchos aficionados lleguen cabreados después de un mal día de trabajo, después de aguantar las importunancias de su jefe o de una clientela intransigente y feroz. Y si encima te cuesta un mundo aparcar el cabreo se multiplica por tres. Por tanto en muy fácil que en esas circunstancias entres a la plaza con unas desmedidas ganas de pelea con todo lo que se mueva.
El aficionado debe ser exigente. El aficionado debe ser riguroso con lo que ocurre en el ruedo. Con el toro que se lidia. Con la liturgia taurina. Pero también debemos tener sentido común y captar la importancia de lo que ocurre en la arena, y, en consecuencia, ser justos y equitativos con toreros y ganaderos. Sólo así proyectaremos la imagen de una Fiesta sana y una afición unida.
A la plaza no hay que ir con ideas preconcebidas. Con prejuicios sin sentido. A la plaza hay que ir con la mente en blanco para poder captar todo lo que allí ocurre. Hay que ir despojado hasta de sentimientos, casi vacío por dentro, para poder emocionarnos con una buena verónica, un buen puyazo o un estoconazo por todo lo alto. Porque todas las tardes ocurre algo. Sólo depende de nosotros el captarlo y el sentirlo. No conspiremos con el fracaso porque si lo hacemos este será la oscuridad que nos impida ver la luz, por muy poquita y tenue que esta sea.

miércoles, 5 de julio de 2017

Siempre merece la pena...

Lo siento. Sigo consternado por la muerte de Iván Fandiño. No es tan fácil pasar página. Y cuando parece que comenzábamos a asimilar su repentina muerte, ahora nos llega otra desde México: la del joven torero azteca Ramiro Celis.
Me ocurrió tras la muerte de Víctor Barrio. Y me ha vuelto a ocurrir tras la de Fandiño y Celis. He vuelto a preguntarme de forma obsesiva si esto realmente merece la pena. Si está afición sale rentable emocionalmente. Si es necesario sentir tanto dolor de forma gratuita. Y me lo pregunto yo que soy un simple aficionado. Imagino las veces por segundo que se lo deben de preguntar los profesionales, esos que sí se juegan la vida de verdad delante del toro, no yo que asisto sano y salvo desde un tendido o desde el sofá de mi casa a lo que ocurre tarde tras tarde en el ruedo. Eso sí que es gordo...
Y a pesar de la dureza de esta afición, de este mundo del toro, ahí volvemos tarde tras tarde. Y volvemos porque algo nos llama poderosamente. Algo nos hace sentir cosas muy fuertes ahí adentro. Es inexplicable. Lo sé. Y no será porque no llevo tiempo intentando saber el porqué uno vuelve a contemplar este espectáculo tras una tragedia como las varias que llevamos en este último año. Pero la respuesta no es racional. La respuesta está mucho más dentro. Mucho más al fondo de todo lo visible.
Este espectáculo siempre merece la pena. Siempre. A pesar de la crudeza de lo que ocurre en el ruedo. A pesar de la dureza de las cornadas. A pesar de que la auténtica belleza y la emoción rara vez aparecen una tarde de toros. A pesar de los enfrentamientos casi a muerte de los aficionados en las redes sociales. A pesar de los cuchillazos que nos lanzamos entre nosotros mismos por defender esta postura o la otra. Esta ganadería o la otra. Este torero o el otro...
Lo puro siempre merece la pena. Lo verdadero siempre debe ser defendido. En esta sociedad tan vacía de todo siempre debe haber una plaza de toros para recordarnos qué es la vida. Qué es lo real. Qué es la muerte y cómo son los hombres de verdad. A pesar de la sangre, de las muertes, de los enfrentamientos. A pesar de todos los pesares.
Vivimos en un mundo real. En un mundo que duele. En un mundo donde mueres cada día un poco más. Donde algún día incluso puedes morir del todo. Y la Tauromaquia es eso: vida, muerte, ruido, emoción, arte. Algo tan fácil y difícil de explicar. Algo tan fácil y difícil de sentir. Por eso siempre merecerá la pena. Porque mientras el mundo gire loco a nuestro alrededor, siempre habrá una plaza de toros donde la vida sea auténticamente real, donde lo que allí dentro ocurra sea lo puro y verdadero y no tenga nada que ver con lo que hay fuera. Donde un hombre se enfrente a la realidad sin tapujos. A la vida y a la muerte.
Renato Motta, El Pana, Víctor Barrio, Iván Fandiño y Ramiro Celis: habéis honrado la profesión más difícil y verdadera del mundo. Y la habéis honrado ni más ni menos que con vuestras propias vidas. Por eso esto siempre merecerá la pena. Siempre...

Moriré libre...

Hola Iván. Te escribo estas palabras porque necesito vomitar toda la rabia que llevo dentro. Te escribo estas líneas maldiciendo a voz en grito tu mala suerte. Puta mala suerte Iván. Puta mala suerte. Te ha tenido que pasar a tí. Precisamente a tí, con todo lo que te ha costado hasta llegar donde has llegado. Precisamente a tí que has tenido que luchar siempre contra viento y marea. A tí que te han cogido los toros toreando con la máxima pureza y verdad. A tí que siempre echabas la pata pa'lante. Qué nunca la escondías. Que la dejabas ahí para que el toro te la atravesara si quería. A tí que toreabas a todos los toros como si fueran buenos. A tí que te tirabas a matar con el corazón. Recto, sin ventajas. De verdad. Como si no hubiera un mañana. Y mira por donde has ido a morir al hacer un quite absurdo a un toro que ni siquiera era el tuyo. Pero claro: tú nunca perdonabas un quite. Eras un león, un guerrero y, hasta en eso, demostrabas tarde tras tarde que aquellos atributos que tenías entre las piernas te llegaban hasta el suelo. Y encima te ha tenido que pasar en Francia. Tu Francia. Esa que nunca te dio la espalda. Esa que te dio cobijo cuando no eras nadie y que te había vuelto a abrazar ahora que la afición española había renegado de ti. Allí, tan cerquita de tu Orduña natal. Qué ironía del destino. Qué mala suerte Iván. Qué mala suerte.

Porque tú fuiste el primero que le pegó una patada a la puerta y la tiró abajo a fuerza de valor y tesón. Porque tú fuiste el primero que entró después de tantos años en los carteles de las figuras. Es triste que ahora se hable de los jóvenes que lo están haciendo y nadie se acuerde de ti. Qué miserables somos los aficionados. Qué miserable es la prensa taurina. Tú fuiste el primero y por suerte unos pocos lo sabemos y te lo reconoceremos siempre.

Porque todos los que nos consideramos buenos aficionados hemos sido fandiñistas en algún momento de tu trayectoria. Era fácil ser de ti: nos dabas lo que tanto pedíamos en los toreros. Esa verdad ante cualquier tipo de toro. Sin mirar el encaste. Sin mirar el hierro. Tarde tras tarde. Pero aún así querías más. Querías hacer historia. Te había costado mucho porque no todo el mundo te veía con buenos ojos en los carteles de relumbrón. Y entonces vino aquella tarde gris en Madrid. Aquella tarde en la que las cosas no salieron bien. Aquella tarde a partir de la cual los que te habían recibido con ramas de olivo te despidieron cual turba camino del calvario. Te crucificaron sin dudarlo. Pero esa misma noche comenzó tu resurrección. Una resurrección nacida del orgullo interior de un torero con raza. De alguien que se había hecho a sí mismo a base de esquivar golpes. Tú mismo lo dijiste horas después: “gracias a todos los que confiáis en mí. No es momento de lamentos, es hora de levantarse y buscar la próxima batalla”. Y es que tu carrera no podía acabar así.

Porque sólo tú eras capaz de brindarle un toro a un chaval desconocido al que un novillo le acababa de destrozar la cara. Porque sólo tú eras capaz de brindarle un toro con esas palabras a un padre que hacía poco había perdido a un hijo en el ruedo. Porque sólo tú eras capaz de preocuparte siempre por tus compañeros y de estar pendiente de ellos cuando caían heridos. Así eras tú Iván: puro y verdadero. Como tu toreo.

Recuerdo aquella tarde en Bilbao en la que un toro de La Quinta te había metido en la Enfermería. Minutos después saliste. Muy dolorido, pero saliste. Andando, como los guerreros valientes. Asumiendo tu papel de luchador incansable y poco afortunado. Sin un mal gesto nos atendiste a los pocos aficionados que te esperábamos para saludarte y decirte lo mucho que te admirábamos por tu lucha heroica dentro y fuera de los ruedos. Aquel día supe que estaba ante una persona auténtica y excepcional por sus valores taurinos y humanos. Unos valores que seguirás demostrando allá donde quiera que ahora estés.

Recuerdo también con gran cariño mis años de trabajo y batalla en Guadalajara. Y recuerdo que cada vez que volvía a casa, sin importarme lo cansado que pudiera estar, paraba en tu finca de Fuentelencina para observar cómo tu sueño se iba haciendo realidad. El vallado, el cortijo, tu preciosa placita de tientas. La última vez que pasé acababan de terminarla. Relucía el rojo sobre las pareces. Relucía todo porque todo era nuevo. Y en el portalón de la entrada, a cada lado, la I y la F de tus iniciales sobre una espada. Tu hierro ya estaba allí. No hace ni un año de aquel día Iván. Tu finca era tu sueño. Una finca que apenas has disfrutado.

Cómo ovidar lo bien que me trataste tú y tu gente años antes, cuando aquel 1 de octubre de 2013 de camino a casa me colé en Cantinuevo, la finca pegadita a la tuya de tu gran amigo Antonio González, para verte matar dos toros a puerta cerrada. Presentabas ante la prensa tus dos actuaciones en la Feria de Otoño de Madrid de ese año con las corridas de Victoriano de Río y Adolfo Martín. Una apuesta muy fuerte. Y cómo olvidar cuando tras el esfuerzo de matar dos torazos entraste con tu sonrisa eterna en la sala donde estábamos todos como si fueras uno más, cuando realmente eras el protagonista, el motivo por el que todos estábamos allí. Y es que estabas como en casa. De echo a tan sólo unos metros de tu casa. En Fuentelencina. Tu Fuentelencina. El mismo pueblo donde veraneaba Manolete con su novia Lupe Sino. El mismo pueblo donde querías disfrutar de una larga vida con tu mujer, tu niña y tu gente. Manolete e Iván Fandiño. Dos héroes. Dos hombres que han dado su vida por la Tauromaquia.

En tu reciente funeral, tu gran amigo Jesús Arruga ha dicho que si hubieras tenido que escribir tu final, a buen seguro que habrías escrito este. El mismo que te ha acontecido sin esperarlo. Qué de bien te conocía Iván. Siempre se ha dicho que la mayor gloria para los toreros es morir en la plaza para así dignificar su profesión y pasar a la historia como un héroe. Y aunque yo tampoco dudo de que hubieras deseado que te sucediera este final en algún momento de tu vida, yo y muchos como yo pensamos que un torero no debe de morir en el ruedo, sino tras una larga vida y después de haber disfrutado de lo que os habéis ganado a sangre y fuego en los ruedos. Perdona mi osadía Iván. Quizás no lo entienda porque no he sido torero, a pesar de que siempre lo he deseado con toda mi alma.

Néstor, tu Néstor, tu amigo, tu hermano, tu padre taurino, siempre decía que habías sido un error del sistema. Que tu caso no había sido normal. Que habías sido un caso imposible de volverse a repetir en nuestros días. Que un hombre casi sin conocimientos taurinos, que había sido pelotari antes que torero, que había tenido que adaptar su cuerpo para poder estar delante de un toro, que se había hecho en las durísimas capeas primero de su tierra y luego en las de Salamanca y Guadalajara, no podía llegar donde tú habías llegado si no se tenía una voluntad de acero. Él confió tanto en ti la primera vez que te vio que ya no se despegó nunca de tu vera. Ni tú de él, a pesar de que tuviste muchas oportunidades para haberte ido con apoderados mucho más importantes e influyentes que Néstor. Pero ni siquiera se te pasó por la cabeza dejarlo. El brindis del toro de tu alternativa en Bilbao la tarde del 25 de agosto de 2005 cuando todavía no eras nadie en esto lo dejó más que claro: “este es el penúltimo toro que te brindo. El último será el de mi despedida de los ruedos”. Así fuiste con Néstor: fiel hasta el final. Fuiste un error del sistema. Tu muerte también ha sido un error. Un error del destino, de Dios o de quien quiera que dirija este mundo loco lleno de desgracias incomprensibles.


No quiero irme nunca, me quedaré en el recuerdo, en la mente, en el alma, donde nunca muera”, dijiste en una ocasión. “Tengo una cita con la historia y, si he de morir, moriré libre”, dijiste en otra ocasión. Ten por seguro que has muerto libre pero que nunca vas a morir en las mentes y en los corazones de los aficionados. Los héroes nunca mueren para siempre Iván. Tu lucha humana y taurina siempre será el mejor de los ejemplos para todos los que amamos la Tauromaquia. Toma la eternidad torero. Disfrútala. Te la has ganado con creces.



miércoles, 7 de junio de 2017

Un antes y un después...

Hay un antes y un después en Morante. Hay un antes de Pepe Luis y hay un después de Pepe Luis. Y es que la compañía que últimamente le está haciendo el hijo del “Sócrates de San Bernardo” al torero de La Puebla del Río está surtiendo una serie de efectos en el ruedo que al menos yo veo cada tarde que Morante se pone el chispeante.
Hay varios, pero fundamentalmente uno: la naturalidad. Desde que Pepe Luis y Morante son inseparables veo a este más natural que nunca. Más suave, más liviano si cabe. Más como una brisa en determinados momentos de sus
faenas. Morante ha ido poco a poco abandonando lo barroco para hacer un toreo minimalista, si se me permite la comparación con los géneros artísticos citados. Aprecio que Morante ahora no abre tanto el compás con la muleta para hacer un toreo de piés en línea con los hombros. Y todo ello sin dejar de dominar al toro en cada embestida,algo que siempre ha hecho y que continúa haciendo.
Porque Morante domina. Claro que domina. Y somete. Claro que somete. Ofrece siempre el pecho con una leve inclinación de tronco, apenas perceptible, que le hace sentir que controla desde arriba aquello que con su ímpetu normal pasa por abajo. Y los sigue llevando largo, que no se nos olvide. Pepe Luis también ha influido en esto puesto que si bien es cierto que el hijo del “Sócrates” no fue un torero excesivamente dominador, ha inyectado en Morante el componente necesario que a él le sobraba y que a José Antonio quizás le faltaba para que el dominio del de La Puebla sea ahora un dominio fundamentalmente más natural y más bonito.
Si de algo adolecen los toreros hoy en día -y lo digo con el máximo respeto y admiración que les tengo-, es precisamente de naturalidad. De que aquello sea algo en lo que no haya estridencias ni posturas forzadas. De que aquello fluya y sea parte de un todo donde la suavidad se imponga a la fuerza bruta. Talavante y Paco Ureña son quizás otro ejemplo de ello. Y es que el torero de Lorca cada vez ejecuta el toreo con más naturalidad y belleza, sin dejar a un lado lo que como a Morante le ha caracterizado siempre: la pureza.
Pepe Luis está influyendo en Morante para bien. Quizás es lo que le faltaba al genio de La Puebla del Río para ser todavía más completo de lo que ya es. Y es que con Pepe Luis cerca hasta está toreando más despacio y más templado que nunca.
Dice un castizo refrán español que “dime con quien andas y te diré quien eres”. Pues bien: Morante cada vez es más Pepe Luis y Pepe Luis más Morante. La simbiosis perfecta. La simbiosis que cada día nos hace disfrutar más a los que como yo nos consideramos morantistas empedernidos. De todos es sabido que en el toreo dos más dos nunca suelen ser cuatro. En este caso concreto, Morante más Pepe Luis siempre dará como resultado el buen toreo. Siempre dará como resultado el número excelso y redondo del buen toreo. Y en eso amigo, no hay duda posible.

viernes, 26 de mayo de 2017

El poder de la naturalidad...

Escribo estas líneas impactado todavía por las últimas faenas de Alejandro Talavante y Antonio Ferrera en Madrid. Dos faenas cortas e intensas. El pronto y en la mano que diría el eterno Antoñete. Lo bueno. Lo que emociona. Y es que en esto del toreo también se cumple aquel dicho que dice que "lo bueno si breve dos veces bueno".
Dos faenas que salvaron dos tardes a la deriva. Dos faenas repletas de torería. Dos extremeños haciendo el toreo caro. Dos obras desbordadas de algo que por desgracia cada tarde se ve menos en las plazas: naturalidad. Sí, naturalidad. Sobran muchos dedos de una mano para citar nombres de toreros que lleven a gala eso de la naturalidad. Ferrera y Talavante son dos de esos dedos.
Esa es la grandeza de este espectáculo. Esa es la magia. Estás allí y no pasa nada. Te aburres. Miras a cualquier parte de la plaza. Miras tu teléfono mil veces. Allí sigue sin ocurrir nada. Para qué habré venido... Y de repente surge algo. Algo grande. Algo mágico. Un hombre se distingue del resto de los mortales. Un hombre se distingue del resto de los toreros. Y entonces, en cinco minutos y con apenas quince muletazos aquello se pone boca abajo. Ya nadie mira los teléfonos. Todo el mundo mira a la arena. Allí está pasando algo muy gordo. Ahora sí. Todas las caras cambian de expresión. Y del aburrimiento se pasa a la más excelsa emoción.
Cuesta digerir el cómo, el cuándo y el por qué de las últimas faenas de Ferrera y Talavante en Madrid. Cuesta hasta soñarlas. Cuesta ver a dos hombres con más naturalidad delante de un toro. Costará mucho ver algo tan puro durante toda la Feria como lo hecho por esos dos genios del toreo. Y es que estos dos conocen el fuego por dentro.
Pureza. Torería. Brevedad. Y sobre todo naturalidad. Na-tu-ra-li-dad. Cuando un torero reúne todo eso lo demás pasa a un segundo plano. Incluso la condición del toro que se tiene delante. Cuando un torero se pone ahí con la izquierda, desnudando su alma para ofrecerla al servicio de la pureza y la emoción. Cuando un torero se pone ahí y se los pasa roto suavizando la violencia de la bestia que tiene delante y del mismo mundo que le rodea. Cuando se hunde el mentón en la barbilla hasta hacerse daño. Cuando se mira al tendido con la soberbia de quien se sabe autor de una obra inmensa pero efímera. Un suspiro y a por la espada. Un suspiro y aquello ya ha acabado. Eso amigo no puede durar mucho. No hay corazón que lo aguante.

lunes, 15 de mayo de 2017

Las broncas...

Hace unos días en Sevilla pude presenciar y escuchar una de las broncas más fuertes que he escuchado en mi vida taurina. Fue la que el público de La Maestranza le dedicó a Morante de la Puebla cuando abandonó el ruedo el pasado jueves 27 de abril. Y es que tras una tarde apática y poco afortunada del torero de La Puebla del Río, el público desahogó su frustración a base de pitos y abucheos. Y yo tan sólo me puse a escuchar y a sentir lo que en ese momento estaba pasando en el coso del Baratillo.
Cuando Morante desapareció por el patio de cuadrillas aquello cesó de repente para prorrumpir en una tremenda ovación al siguiente torero que se disponía a cruzar el anillo camino de su hotel. Era El Juli el que en ese momento era fuertemente ovacionado gracias a su buena actuación y entera disposición esa tarde en el coso maestrante.
Y entonces en mi mente apareció el contraste. Lo contradictorio. En apenas veinte segundos había sentido el enfado y la alegría. El desprecio y el agradecimiento. La bronca y los aplausos. Y en ese momento volví a sentir que esta Fiesta está más viva que nunca porque en contra de lo que muchos dicen, aquí se siguen generando emociones que brotan del alma de cada persona que presencia un festejo taurino una tarde cualquiera.
La Fiesta es y debe ser eso: polos opuestos. Alegría y decepción. Bronca y triunfo. Éxtasis y disgusto. Lo que no debe aparecer nunca bajo ningún concepto es el aburrimiento. Ese hastío que relativiza el tiempo más que nunca y que provoca que algunas tardes salgas de la plaza con la sensación de que has estado diez horas allí metido.
El gran Rafael "El Gallo" -muy asiduo a esto de recibir broncas a lo largo de su trayectoria taurina-, dijo en una ocasión que las broncas eran necesarias y hasta buenas para la salud porque al chillar se ensanchaban los pulmones. Ahí es nada. También dijo que ante un marrajo manso y peligroso prefería mil veces una bronca que una corná, porque las broncas se las llevaba el aire y las cornás se las quedaba uno. Palabra de genio.
Esta es la Fiesta de lo sublime o lo estrepitoso. De las emociones opuestas. Del llanto por lo bello y efímero de una faena. Del cabreo por la apatía y la poca disposición de un actuante, ya sea toro o torero. No es la Fiesta del aburrimiento, porque este, sin duda, es el que puede acabar con ella, no las legiones de políticos y antitaurinos que la odian, los cuales también son necesarios para que se sienta más viva cada día en un mundo cada vez más muerto, por cierto.

viernes, 28 de abril de 2017

Afición...

A veces me pregunto por qué muchos chavales con extraordinarias maneras para ser toreros no acaban llegando en muchos casos ni a debutar con caballos. Y ni qué decir tiene que tampoco a tomar la alternativa ni mucho menos a ser figura del toreo cuando en sus inicios gran cantidad de gente deposita en ellos las máximas esperanzas.
La gente del toro y los aficionados solemos decir que la suerte juega un papel importantísimo en estos casos. Es cierto. La verdad es que para llegar a ser algo en el Toreo hay que tener mucha suerte. Estar en el lugar y en el momento preciso. Que todo ruede bien. Que el tren pase y se den las condiciones oportunas para que te subas a él y ya no te bajes nunca. Porque ese tren pasa para todos los que quieren ser toreros. Para todos. Y el que diga que no miente.
A cualquier chaval se le da una oportunidad por pequeña que sea para coger ese tren. Y aunque esas oportunidades a las que hago referencia no se den en plazas de relumbrón, lo cierto es que el boca a boca ha sido lo que en muchos casos ha puesto en el candelero y en el punto de mira de muchos apoderados influyentes e importantes a muchos chavales en sus inicios. De ejemplos de lo que acabo de decir está el Toreo lleno.
Pero hay una cosa que yo considero más importante que la propia suerte a la hora de ser torero: la afición. Cuántos casos hay de aspirantes a matadores de toros importantes e incluso a futuras figuras del toreo que se han quedado en el camino precisamente por falta de afición. Y cuántos casos hay de toreros importantes e incluso de figuras del toreo que todavía se mantienen ahí gracias a su feroz afición por el mundo del toro. Tanto en un caso como en otro la respuesta es muchos.
Estarás pensando que hay otros factores que influyen en el hecho de llegar o no. De acuerdo. El valor es importantísimo, quizás uno de los pilares básicos a la hora de fraguar un futuro torero de ferias. Pero también es cierto que no son pocos los matadores de toros que en más de una ocasión han dicho que el valor es algo que se puede adquirir a base de aprendizaje de la técnica de torear y el conocimiento del toro y sus reacciones, miradas, querencias y terrenos.
La afición es otra cosa amigo. Eso se tiene grabado a fuego en el alma o no se tiene. Afición por los toros es estar pensando cada minuto del día en esto. Afición es levantarte y pensar en el toro. Afición es que el último pensamiento antes de dormirte sea tal o cual faena o tal o cual toro. Afición es querer esto, estar enamorado de esto. Afición es moverte por la calle en torero, torear al viento sin capote ni muleta. Afición es querer alcanzar de verdad el sueño de ser torero porque vives para ello y en tu mente no hay hueco para otra cosa. Afición es luchar día a día por entrenar, aprender, evolucionar... Esa es la base para ser algo en esto: amarlo con todas tus fuerzas. Si no es así te quedarás por el camino. Por muy buenas maneras que tengas. Por muy buenas condiciones que tengas. Por mucho valor que poseas.
Afición, afición y afición. Nada tiene sentido sin afición...

miércoles, 12 de abril de 2017

Apostar...

Nos quejamos constantemente de que no salen figuras nuevas. De que el escalafón no se renueva. De que llevamos años sin que un joven torero le pegue una patada a la puerta y la arranque de cuajo. Y el caso es que es cierto. Desde la irrupción de Alejandro Talavante allá por el año 2006 no ha habido otro caso de un joven que en tiempo récord se haya puesto en figura del toreo. Hasta que ha aparecido Andrés Roca Rey...
El caso de Roca Rey no es tan difícil de comprender ni de analizar. Intentamos darle mil vueltas a las cosas. Que si no se llega arriba si no te apodera una casa empresarial grande, que si la suerte es fundamental, que si las figuras no dejan sitio en los carteles para los jóvenes que despuntan, etc, etc, etc... Que conste que no le quito importancia a estos factores, que en su medida la tienen, aunque no tanta como se cree. Yo voy más allá. El caso de Roca Rey es el claro ejemplo de cómo llegar a ser figura del toreo.
El pensamiento de Roca Rey desde que se enfundó por primera vez el traje de luces fue claro y diáfano: aquí hay que lograr llegar a ser figura del toreo. ¿Cómo? Apostando fuerte. Muy fuerte. Extremadamente fuerte. A pesar de que el peaje sea duro, como de hecho lo está siendo.
Y es que cuando uno tiene las ideas tan claras no hay tu tía. Cuando uno sale a querer ser figura del toreo no hay medias tintas. O se está o no se está. Y el camino es sólo uno: jugarse la vida y arrollar cada tarde. Esa es la actitud de los que han llegado a figuras del toreo. Y es que cuando uno quiere llegar a lo más alto y lo da todo cada tarde sólo hay dos posibles soluciones: o un toro te quita de en medio o te pones en figura del toreo para los restos. Así de sencillo.
Roca Rey se encuentra ahora mismo en esa tesitura: o un toro le quita de en medio o se coloca en la cumbre y ya no se baja por los siglos de los siglos. De momento su disposición cada tarde, su claridad de ideas y su arrojo y valor le están proporcionando triunfos pero también brutales porrazos y cornadas. Este año es el año clave: o un toro lo borra del mapa o se consolida como figura del toreo. Veremos.
Te puede gustar más o menos el toreo de Roca Rey. Puedes preferir otros toreros de otro corte. Todo es respetable. Pero con la actitud no se negocia, y para ponerse arriba hace falta actitud de querer ser, de querer llegar. De querer dejarse la vida si es preciso para conseguirlo. De tirar la moneda y que sea lo que Dios quiera. Estoy convencido de que si más chavales hubieran tenido la decisión y la actitud del torero peruano a lo largo de estos años, a buen seguro que hoy en día tendríamos en el escalafón de matadores cuatro o cinco figuras del toreo más de las que tenemos. Pero como digo, el camino hasta llegar arriba no es fácil. Sobra decir que es duro y muy incierto.
Se trata de apostar. De jugar a la ruleta rusa. Pero todo el mundo no está dispuesto a ello...

sábado, 1 de abril de 2017

Demasiado real...

                                                       Foto: Julián López


El pasado domingo pude observar en la plaza de toros de Las Ventas un hecho que me llamó poderosamente la atención entre el caos que se acababa de producir. El primer novillo cogía al novillero sevillano Pablo Aguado quedando inerte en el suelo por el traumatismo recibido. Las cuadrillas no llegaban nunca a socorrer al torero. En el tendido reinaba el pánico y la confusión. Por un momento a todos nos vino a la memoria Teruel. Por un momento todos nos acordamos de Víctor Barrio.
Cuando por fin el novillero fue socorrido y llevado inconsciente a la enfermería, las caras de todos los allí presentes eran un poema. Había miedo. Miedo a revivir tragedias pasadas. Un hombre acababa de estar inerte en la arena, despojado de todo su ser, entregado en cuerpo y alma a la muerte, al animal feroz que le buscaba en el suelo para saciar su instinto asesino.
La gente gesticulaba y hablaba sin cesar de lo que podría haber pasado. En ese momento mis ojos se fueron del ruedo a una zona concreta del tendido. Dos niñas pequeñas lloraban desconsoladas por lo que acaba de ocurrir. Una en brazos de su madre. La otra de la mano de su padre. Y todos, raudos, se disponían a huir despavoridos  de la plaza. La tarde se había acabado para ellos. Se iban. Aquel sinsentido había acabado. Ese suceso trágico no entraba en sus planes. La desgracia no existía para esas niñas. Y como almas que lleva el diablo desaparecieron por la bocana del tendido 6 en dirección al abismo de Madrid.
El dolor, la muerte. Nada de eso existe para las nuevas generaciones. La vida debe ser de color rosa. Aquí no cabe la incertidumbre. Por ello los jóvenes no quieren saber nada de nosotros. Porque amamos un espectáculo en el que está permanentemente presente la muerte. Porque no huimos despavoridos cuando lo que puede haber en la arena es un hombre muerto. Por eso tanta y tanta gente no quiere saber nada de este espectáculo. Porque es tremendamente duro y real.
Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido con lágrimas en los ojos ante lo que ha podido pasar. Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido agarradas fuertemente al teléfono móvil esperando noticias tranquilizadoras que nunca llegan. Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido que no saben qué contestarle a la intranquila madre del torero que no para de preguntar si su hijo ha matado ya a su primer novillo. Que no para de preguntar por qué su hijo tarda tanto en matar a su novillo. Porque detrás de ti pueden estar dos personas que no saben qué decirle a esa madre. Que no saben qué mentira contarle para que su corazón no se ponga a mil por hora.
Eso es nuestra Fiesta: tragedia, triunfo, indiferencia, emoción. Lo que ocurrió el pasado domingo en Las Ventas es nuestra Fiesta. Lo que ocurrió el pasado domingo en Las Ventas es la vida misma. Algo que no todo el mundo tiene intención de comprender. Algo demasiado real para ser aceptado...

miércoles, 15 de marzo de 2017

Las Escuelas...

Tras el impasse de hace quince días donde escribí algo que me ardía en el alma, retomo mis sueños utópicos con el que de momento cierra una colección de imposibles que a buen seguro yo no veré hacerse realidad en el tiempo que me quede por vivir. Hablaré de las Escuelas Taurinas.
Vaya por delante que no estoy en contra de ellas. Yo mismo en mis años mozos fui alumno de dos de ellas y algo sé de ello. Poco, pero algo sé. Es por ello que creo que las Escuelas Taurinas tienen sus aspectos positivos pero también hay alguno que otro negativo.
Evidentemente que las Escuelas son un filón de valores y educación para la vida cotidiana de tantos y tantos chavales que no tienen otro sueño en la vida más que ser toreros. Muchos de esos chavales van a encontrar ahí la educación y los valores que por diversas circunstancias no van a encontrar ni en sus casas ni en sus centros educativos.
Las Escuelas Taurinas han quitado a muchos de esos chavales de las capeas nocturnas, del carretera y manta con el atillo al hombro, del pasar hambre por esos pueblos de Dios en busca de una vaca vieja y toreada a la que dar cuatro muletazos mal dados sin menoscabo de perder la vida en ello. La Escuela les ha enseñado una técnica de torear que de otra manera habría sido muy difícil de conseguir a no ser que hubiera sido a base de porrazos y volteretas tal y como ocurría con los maletillas de antaño.
No obstante, generalmente en las Escuelas Taurinas no se deja rienda suelta a la personalidad de cada aspirante a torero. Muchas de ellas se basan en un tipo de torero y de toreo y "fabrican" futuros toreros hechos con el mismo molde, lo cual es un grave error. Una cosa es enseñar la técnica y otra cercenar la personalidad torera de un chaval para que interprete el toreo como el profesor o la filosofía de la Escuela quieran que lo haga. Y es que en ese sentido los toreros antiguos que no se formaron en las Escuelas de Tauromaquia le han tenido siempre ganada la partida a los actuales o futuribles toreros. La personalidad es algo que se lleva muy dentro, y aquellos toreros la plasmaban en su toreo sin nadie que les dijera que toreaban muy "tiesos" o que la mano que no torea había que ponerla aquí o allí.
Echo de menos hoy en día algún torero que no se haya forjado en una Escuela Taurina. Echo de menos algún que otro heterodoxo del toreo porque eso es necesario para que la Fiesta cobre interés. Me aburre tanta ortodoxia. Hacen falta toreros que se salgan de la norma, tanto si interpretan el tremendismo más absoluto como el más refinado concepto artístico de la Tauromaquia. Luego cada aficionado tendrá sus gustos e irá a ver a uno o a otros, pero de lo que no tengo duda es de que la Tauromaquia ganaría muchos enteros.
Debemos volver a la variedad de toreros de hace 50 años. Múltiples personalidades en el panorama taurino. Riqueza. Libertad de personalidad. Nada de normas sobre cómo interpretar el Toreo. ¿Utopía? Sí. Por supuesto. Y es que como digo siempre y vuelvo a repetir por enésima vez, sobre lo escrito ahí arriba, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Dicen...

Dicen las malas lenguas que los taurinos somos violentos. Que no amamos a los animales. Que somos poco menos que psicópatas que disfrutamos viendo sufrir a un animal indefenso en una plaza de toros. Y que encima hacemos de ello un espectáculo de alegría, luz y color.
Dicen las malas lenguas que los toreros no tienen escrúpulos. Que son seres abominables porque se burlan y asesinan a un animal inocente que lo único que quiere es vivir en paz.
Dicen que somos lo peor, la escoria de esta sociedad. Que por amar esta Fiesta somos gente de tercera o cuarta categoría. Que somos basura, podredumbre. Que no tenemos principios. Que la ética y la moral no existen en nuestra mente y en nuestros corazones. Que somos inhumanos e insensibles en grado máximo.
Y ahora yo me pregunto: ¿puede haber más belleza y más luz de la que hay en un vestido de torear? ¿Puede haber más sensibilidad que la de coger un capote con las yemas de los dedos y hacerlo volar? ¿Puede haber más sensibilidad que la que tiene un picador cuando le echa el palo despacito a ese toro que se arranca? ¿Puede haber más sensibilidad que la que tiene ese banderillero cogiendo los palos de forma tan delicada? Porque que yo sepa las banderillas no se cogen como el que coge un machete y de forma violenta lo clava en un cuerpo para acabar con la vida. ¿Puede haber movimientos más sutiles y delicados que los de ese banderillero dejándose ver por el toro para hacer la suerte?
Los toreros no se mueven con violencia por el ruedo. Lo hacen con mimo. Cogen los avíos con las yemas de los dedos. Torean con las palmas de las manos. Contrarrestan la violencia del toro con una expresión corporal natural y sosegada. Al entrar a matar no cogen el estoque como si fuera una escopeta. No lo cogen como el carnicero coge el cuchillo cuando va a matar a un cerdo o despedazar el cuerpo inerte de cualquier otro animal. El torero se perfila con belleza y sutileza. Coge la espada con delicadeza. La empuñadura recae en la palma y las yemas de los dedos. El torero entra a matar derecho al toro, despacito, sin trampa ni cartón. Con la verdad por delante. Un torero herido mil veces en el ruedo no le guarda rencor al toro. Incluso se deja la vida en el ruedo por un sueño. Un torero puede morir en el ruedo y no hay odio. Sólo dolor, paz y gloria eterna.
Pero nosotros somos los violentos. Los sádicos. Los psicópatas. Y aquellos que nos llaman asesinos por disfrutar de una afición que es la nuestra y que por si fuera poco es legal, aquellos que cometen actos terroristas contra los taurinos, que incendian casas o mandan cuchillas en sobres son los dueños de la única moral verdadera que existe. De la única ética buena que existe. De un ejemplo de vida perfecto e intachable. Aquellos que presuntamente hacen explotar bombas cerca de una plaza de toros son los que nos dan lecciones de civismo, de buen comportamiento. Aquellos que anteponen la vida animal a la humana son los que nos dicen a nosotros que carecemos de humanidad.
¡Váyanse ustedes al carajo! ¡Están ustedes chalaos!. Y es que los taurinos, hasta para insultar, lo hacemos con elegancia, sutileza y sensibilidad. Sí, esos atributos de los que ustedes adolecen a pesar de creerse los auténticos dueños de la verdad y la decencia moral más absoluta.