lunes, 15 de mayo de 2017

Las broncas...

Hace unos días en Sevilla pude presenciar y escuchar una de las broncas más fuertes que he escuchado en mi vida taurina. Fue la que el público de La Maestranza le dedicó a Morante de la Puebla cuando abandonó el ruedo el pasado jueves 27 de abril. Y es que tras una tarde apática y poco afortunada del torero de La Puebla del Río, el público desahogó su frustración a base de pitos y abucheos. Y yo tan sólo me puse a escuchar y a sentir lo que en ese momento estaba pasando en el coso del Baratillo.
Cuando Morante desapareció por el patio de cuadrillas aquello cesó de repente para prorrumpir en una tremenda ovación al siguiente torero que se disponía a cruzar el anillo camino de su hotel. Era El Juli el que en ese momento era fuertemente ovacionado gracias a su buena actuación y entera disposición esa tarde en el coso maestrante.
Y entonces en mi mente apareció el contraste. Lo contradictorio. En apenas veinte segundos había sentido el enfado y la alegría. El desprecio y el agradecimiento. La bronca y los aplausos. Y en ese momento volví a sentir que esta Fiesta está más viva que nunca porque en contra de lo que muchos dicen, aquí se siguen generando emociones que brotan del alma de cada persona que presencia un festejo taurino una tarde cualquiera.
La Fiesta es y debe ser eso: polos opuestos. Alegría y decepción. Bronca y triunfo. Éxtasis y disgusto. Lo que no debe aparecer nunca bajo ningún concepto es el aburrimiento. Ese hastío que relativiza el tiempo más que nunca y que provoca que algunas tardes salgas de la plaza con la sensación de que has estado diez horas allí metido.
El gran Rafael "El Gallo" -muy asiduo a esto de recibir broncas a lo largo de su trayectoria taurina-, dijo en una ocasión que las broncas eran necesarias y hasta buenas para la salud porque al chillar se ensanchaban los pulmones. Ahí es nada. También dijo que ante un marrajo manso y peligroso prefería mil veces una bronca que una corná, porque las broncas se las llevaba el aire y las cornás se las quedaba uno. Palabra de genio.
Esta es la Fiesta de lo sublime o lo estrepitoso. De las emociones opuestas. Del llanto por lo bello y efímero de una faena. Del cabreo por la apatía y la poca disposición de un actuante, ya sea toro o torero. No es la Fiesta del aburrimiento, porque este, sin duda, es el que puede acabar con ella, no las legiones de políticos y antitaurinos que la odian, los cuales también son necesarios para que se sienta más viva cada día en un mundo cada vez más muerto, por cierto.

viernes, 28 de abril de 2017

Afición...

A veces me pregunto por qué muchos chavales con extraordinarias maneras para ser toreros no acaban llegando en muchos casos ni a debutar con caballos. Y ni qué decir tiene que tampoco a tomar la alternativa ni mucho menos a ser figura del toreo cuando en sus inicios gran cantidad de gente deposita en ellos las máximas esperanzas.
La gente del toro y los aficionados solemos decir que la suerte juega un papel importantísimo en estos casos. Es cierto. La verdad es que para llegar a ser algo en el Toreo hay que tener mucha suerte. Estar en el lugar y en el momento preciso. Que todo ruede bien. Que el tren pase y se den las condiciones oportunas para que te subas a él y ya no te bajes nunca. Porque ese tren pasa para todos los que quieren ser toreros. Para todos. Y el que diga que no miente.
A cualquier chaval se le da una oportunidad por pequeña que sea para coger ese tren. Y aunque esas oportunidades a las que hago referencia no se den en plazas de relumbrón, lo cierto es que el boca a boca ha sido lo que en muchos casos ha puesto en el candelero y en el punto de mira de muchos apoderados influyentes e importantes a muchos chavales en sus inicios. De ejemplos de lo que acabo de decir está el Toreo lleno.
Pero hay una cosa que yo considero más importante que la propia suerte a la hora de ser torero: la afición. Cuántos casos hay de aspirantes a matadores de toros importantes e incluso a futuras figuras del toreo que se han quedado en el camino precisamente por falta de afición. Y cuántos casos hay de toreros importantes e incluso de figuras del toreo que todavía se mantienen ahí gracias a su feroz afición por el mundo del toro. Tanto en un caso como en otro la respuesta es muchos.
Estarás pensando que hay otros factores que influyen en el hecho de llegar o no. De acuerdo. El valor es importantísimo, quizás uno de los pilares básicos a la hora de fraguar un futuro torero de ferias. Pero también es cierto que no son pocos los matadores de toros que en más de una ocasión han dicho que el valor es algo que se puede adquirir a base de aprendizaje de la técnica de torear y el conocimiento del toro y sus reacciones, miradas, querencias y terrenos.
La afición es otra cosa amigo. Eso se tiene grabado a fuego en el alma o no se tiene. Afición por los toros es estar pensando cada minuto del día en esto. Afición es levantarte y pensar en el toro. Afición es que el último pensamiento antes de dormirte sea tal o cual faena o tal o cual toro. Afición es querer esto, estar enamorado de esto. Afición es moverte por la calle en torero, torear al viento sin capote ni muleta. Afición es querer alcanzar de verdad el sueño de ser torero porque vives para ello y en tu mente no hay hueco para otra cosa. Afición es luchar día a día por entrenar, aprender, evolucionar... Esa es la base para ser algo en esto: amarlo con todas tus fuerzas. Si no es así te quedarás por el camino. Por muy buenas maneras que tengas. Por muy buenas condiciones que tengas. Por mucho valor que poseas.
Afición, afición y afición. Nada tiene sentido sin afición...

miércoles, 12 de abril de 2017

Apostar...

Nos quejamos constantemente de que no salen figuras nuevas. De que el escalafón no se renueva. De que llevamos años sin que un joven torero le pegue una patada a la puerta y la arranque de cuajo. Y el caso es que es cierto. Desde la irrupción de Alejandro Talavante allá por el año 2006 no ha habido otro caso de un joven que en tiempo récord se haya puesto en figura del toreo. Hasta que ha aparecido Andrés Roca Rey...
El caso de Roca Rey no es tan difícil de comprender ni de analizar. Intentamos darle mil vueltas a las cosas. Que si no se llega arriba si no te apodera una casa empresarial grande, que si la suerte es fundamental, que si las figuras no dejan sitio en los carteles para los jóvenes que despuntan, etc, etc, etc... Que conste que no le quito importancia a estos factores, que en su medida la tienen, aunque no tanta como se cree. Yo voy más allá. El caso de Roca Rey es el claro ejemplo de cómo llegar a ser figura del toreo.
El pensamiento de Roca Rey desde que se enfundó por primera vez el traje de luces fue claro y diáfano: aquí hay que lograr llegar a ser figura del toreo. ¿Cómo? Apostando fuerte. Muy fuerte. Extremadamente fuerte. A pesar de que el peaje sea duro, como de hecho lo está siendo.
Y es que cuando uno tiene las ideas tan claras no hay tu tía. Cuando uno sale a querer ser figura del toreo no hay medias tintas. O se está o no se está. Y el camino es sólo uno: jugarse la vida y arrollar cada tarde. Esa es la actitud de los que han llegado a figuras del toreo. Y es que cuando uno quiere llegar a lo más alto y lo da todo cada tarde sólo hay dos posibles soluciones: o un toro te quita de en medio o te pones en figura del toreo para los restos. Así de sencillo.
Roca Rey se encuentra ahora mismo en esa tesitura: o un toro le quita de en medio o se coloca en la cumbre y ya no se baja por los siglos de los siglos. De momento su disposición cada tarde, su claridad de ideas y su arrojo y valor le están proporcionando triunfos pero también brutales porrazos y cornadas. Este año es el año clave: o un toro lo borra del mapa o se consolida como figura del toreo. Veremos.
Te puede gustar más o menos el toreo de Roca Rey. Puedes preferir otros toreros de otro corte. Todo es respetable. Pero con la actitud no se negocia, y para ponerse arriba hace falta actitud de querer ser, de querer llegar. De querer dejarse la vida si es preciso para conseguirlo. De tirar la moneda y que sea lo que Dios quiera. Estoy convencido de que si más chavales hubieran tenido la decisión y la actitud del torero peruano a lo largo de estos años, a buen seguro que hoy en día tendríamos en el escalafón de matadores cuatro o cinco figuras del toreo más de las que tenemos. Pero como digo, el camino hasta llegar arriba no es fácil. Sobra decir que es duro y muy incierto.
Se trata de apostar. De jugar a la ruleta rusa. Pero todo el mundo no está dispuesto a ello...

sábado, 1 de abril de 2017

Demasiado real...

                                                       Foto: Julián López


El pasado domingo pude observar en la plaza de toros de Las Ventas un hecho que me llamó poderosamente la atención entre el caos que se acababa de producir. El primer novillo cogía al novillero sevillano Pablo Aguado quedando inerte en el suelo por el traumatismo recibido. Las cuadrillas no llegaban nunca a socorrer al torero. En el tendido reinaba el pánico y la confusión. Por un momento a todos nos vino a la memoria Teruel. Por un momento todos nos acordamos de Víctor Barrio.
Cuando por fin el novillero fue socorrido y llevado inconsciente a la enfermería, las caras de todos los allí presentes eran un poema. Había miedo. Miedo a revivir tragedias pasadas. Un hombre acababa de estar inerte en la arena, despojado de todo su ser, entregado en cuerpo y alma a la muerte, al animal feroz que le buscaba en el suelo para saciar su instinto asesino.
La gente gesticulaba y hablaba sin cesar de lo que podría haber pasado. En ese momento mis ojos se fueron del ruedo a una zona concreta del tendido. Dos niñas pequeñas lloraban desconsoladas por lo que acaba de ocurrir. Una en brazos de su madre. La otra de la mano de su padre. Y todos, raudos, se disponían a huir despavoridos  de la plaza. La tarde se había acabado para ellos. Se iban. Aquel sinsentido había acabado. Ese suceso trágico no entraba en sus planes. La desgracia no existía para esas niñas. Y como almas que lleva el diablo desaparecieron por la bocana del tendido 6 en dirección al abismo de Madrid.
El dolor, la muerte. Nada de eso existe para las nuevas generaciones. La vida debe ser de color rosa. Aquí no cabe la incertidumbre. Por ello los jóvenes no quieren saber nada de nosotros. Porque amamos un espectáculo en el que está permanentemente presente la muerte. Porque no huimos despavoridos cuando lo que puede haber en la arena es un hombre muerto. Por eso tanta y tanta gente no quiere saber nada de este espectáculo. Porque es tremendamente duro y real.
Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido con lágrimas en los ojos ante lo que ha podido pasar. Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido agarradas fuertemente al teléfono móvil esperando noticias tranquilizadoras que nunca llegan. Porque detrás de ti pueden estar dos familiares del torero herido que no saben qué contestarle a la intranquila madre del torero que no para de preguntar si su hijo ha matado ya a su primer novillo. Que no para de preguntar por qué su hijo tarda tanto en matar a su novillo. Porque detrás de ti pueden estar dos personas que no saben qué decirle a esa madre. Que no saben qué mentira contarle para que su corazón no se ponga a mil por hora.
Eso es nuestra Fiesta: tragedia, triunfo, indiferencia, emoción. Lo que ocurrió el pasado domingo en Las Ventas es nuestra Fiesta. Lo que ocurrió el pasado domingo en Las Ventas es la vida misma. Algo que no todo el mundo tiene intención de comprender. Algo demasiado real para ser aceptado...

miércoles, 15 de marzo de 2017

Las Escuelas...

Tras el impasse de hace quince días donde escribí algo que me ardía en el alma, retomo mis sueños utópicos con el que de momento cierra una colección de imposibles que a buen seguro yo no veré hacerse realidad en el tiempo que me quede por vivir. Hablaré de las Escuelas Taurinas.
Vaya por delante que no estoy en contra de ellas. Yo mismo en mis años mozos fui alumno de dos de ellas y algo sé de ello. Poco, pero algo sé. Es por ello que creo que las Escuelas Taurinas tienen sus aspectos positivos pero también hay alguno que otro negativo.
Evidentemente que las Escuelas son un filón de valores y educación para la vida cotidiana de tantos y tantos chavales que no tienen otro sueño en la vida más que ser toreros. Muchos de esos chavales van a encontrar ahí la educación y los valores que por diversas circunstancias no van a encontrar ni en sus casas ni en sus centros educativos.
Las Escuelas Taurinas han quitado a muchos de esos chavales de las capeas nocturnas, del carretera y manta con el atillo al hombro, del pasar hambre por esos pueblos de Dios en busca de una vaca vieja y toreada a la que dar cuatro muletazos mal dados sin menoscabo de perder la vida en ello. La Escuela les ha enseñado una técnica de torear que de otra manera habría sido muy difícil de conseguir a no ser que hubiera sido a base de porrazos y volteretas tal y como ocurría con los maletillas de antaño.
No obstante, generalmente en las Escuelas Taurinas no se deja rienda suelta a la personalidad de cada aspirante a torero. Muchas de ellas se basan en un tipo de torero y de toreo y "fabrican" futuros toreros hechos con el mismo molde, lo cual es un grave error. Una cosa es enseñar la técnica y otra cercenar la personalidad torera de un chaval para que interprete el toreo como el profesor o la filosofía de la Escuela quieran que lo haga. Y es que en ese sentido los toreros antiguos que no se formaron en las Escuelas de Tauromaquia le han tenido siempre ganada la partida a los actuales o futuribles toreros. La personalidad es algo que se lleva muy dentro, y aquellos toreros la plasmaban en su toreo sin nadie que les dijera que toreaban muy "tiesos" o que la mano que no torea había que ponerla aquí o allí.
Echo de menos hoy en día algún torero que no se haya forjado en una Escuela Taurina. Echo de menos algún que otro heterodoxo del toreo porque eso es necesario para que la Fiesta cobre interés. Me aburre tanta ortodoxia. Hacen falta toreros que se salgan de la norma, tanto si interpretan el tremendismo más absoluto como el más refinado concepto artístico de la Tauromaquia. Luego cada aficionado tendrá sus gustos e irá a ver a uno o a otros, pero de lo que no tengo duda es de que la Tauromaquia ganaría muchos enteros.
Debemos volver a la variedad de toreros de hace 50 años. Múltiples personalidades en el panorama taurino. Riqueza. Libertad de personalidad. Nada de normas sobre cómo interpretar el Toreo. ¿Utopía? Sí. Por supuesto. Y es que como digo siempre y vuelvo a repetir por enésima vez, sobre lo escrito ahí arriba, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Dicen...

Dicen las malas lenguas que los taurinos somos violentos. Que no amamos a los animales. Que somos poco menos que psicópatas que disfrutamos viendo sufrir a un animal indefenso en una plaza de toros. Y que encima hacemos de ello un espectáculo de alegría, luz y color.
Dicen las malas lenguas que los toreros no tienen escrúpulos. Que son seres abominables porque se burlan y asesinan a un animal inocente que lo único que quiere es vivir en paz.
Dicen que somos lo peor, la escoria de esta sociedad. Que por amar esta Fiesta somos gente de tercera o cuarta categoría. Que somos basura, podredumbre. Que no tenemos principios. Que la ética y la moral no existen en nuestra mente y en nuestros corazones. Que somos inhumanos e insensibles en grado máximo.
Y ahora yo me pregunto: ¿puede haber más belleza y más luz de la que hay en un vestido de torear? ¿Puede haber más sensibilidad que la de coger un capote con las yemas de los dedos y hacerlo volar? ¿Puede haber más sensibilidad que la que tiene un picador cuando le echa el palo despacito a ese toro que se arranca? ¿Puede haber más sensibilidad que la que tiene ese banderillero cogiendo los palos de forma tan delicada? Porque que yo sepa las banderillas no se cogen como el que coge un machete y de forma violenta lo clava en un cuerpo para acabar con la vida. ¿Puede haber movimientos más sutiles y delicados que los de ese banderillero dejándose ver por el toro para hacer la suerte?
Los toreros no se mueven con violencia por el ruedo. Lo hacen con mimo. Cogen los avíos con las yemas de los dedos. Torean con las palmas de las manos. Contrarrestan la violencia del toro con una expresión corporal natural y sosegada. Al entrar a matar no cogen el estoque como si fuera una escopeta. No lo cogen como el carnicero coge el cuchillo cuando va a matar a un cerdo o despedazar el cuerpo inerte de cualquier otro animal. El torero se perfila con belleza y sutileza. Coge la espada con delicadeza. La empuñadura recae en la palma y las yemas de los dedos. El torero entra a matar derecho al toro, despacito, sin trampa ni cartón. Con la verdad por delante. Un torero herido mil veces en el ruedo no le guarda rencor al toro. Incluso se deja la vida en el ruedo por un sueño. Un torero puede morir en el ruedo y no hay odio. Sólo dolor, paz y gloria eterna.
Pero nosotros somos los violentos. Los sádicos. Los psicópatas. Y aquellos que nos llaman asesinos por disfrutar de una afición que es la nuestra y que por si fuera poco es legal, aquellos que cometen actos terroristas contra los taurinos, que incendian casas o mandan cuchillas en sobres son los dueños de la única moral verdadera que existe. De la única ética buena que existe. De un ejemplo de vida perfecto e intachable. Aquellos que presuntamente hacen explotar bombas cerca de una plaza de toros son los que nos dan lecciones de civismo, de buen comportamiento. Aquellos que anteponen la vida animal a la humana son los que nos dicen a nosotros que carecemos de humanidad.
¡Váyanse ustedes al carajo! ¡Están ustedes chalaos!. Y es que los taurinos, hasta para insultar, lo hacemos con elegancia, sutileza y sensibilidad. Sí, esos atributos de los que ustedes adolecen a pesar de creerse los auténticos dueños de la verdad y la decencia moral más absoluta. 

domingo, 19 de febrero de 2017

Los bombos...

Tercera parte de mis sueños taurómacos utópicos: los bombos. No, no son los de Manolo, ese ilustre aficionado al fútbol valenciano que ameniza los partidos de la Selección Española y del equipo de su ciudad a base de mamporrazos de bombo bien audibles. Evidentemente me refiero a otra cosa.
Hablo de la confección de los carteles de las ferias importantes. El aficionado siempre se está quejando de la confección de los carteles. Que si las figuras sólo se acartelan con las figuras, que si los toreros de segunda fila no pueden entrar en los carteles de postín, que si las ganaderías que matan unos y otros son siempre las mismas, etc. Todo nos parece mal. Todo nos parece siempre lo mismo. La monotonía nos vence a la hora de acudir a una plaza de toros porque básicamente siempre se repite la misma historia.
Pero eso tendría una fácil solución. Solución que por otra parte es utópica pero no imposible. ¿Que cuál es? Muy sencillo. Un sorteo al más puro estilo Copa del Rey o Champions League. Una feria equis. Tres señores. Un Notario que dé fe. La prensa convocada para tal evento. Tres bombos. En uno bolitas con el nombre de los toreros. En otro bolitas con el nombre de las ganaderías. En el tercero bolitas con los días de toros de la feria en cuestión. Fácil procedimiento: se saca la bolita del día a celebrar la corrida. A continuación tres bolitas -o dos si es mano a mano-, de toreros los cuales van a actuar ese día. Por último se saca la bolita de la ganadería. Asunto zanjado. Ya tenemos un cartel justo. Y que conste que no soy intransigente en el orden de salida de las bolitas. Si alguien quiere sacar antes la de la ganadería o la de los toreros no hay problema. El orden de los factores no altera el producto. Ni qué decir tiene que dicho sorteo sería extensible a las novilladas y corridas de rejones.
Y ahora me diréis: ¿Y qué toreros y ganaderías se incluyen en dichos bombos? ¿Todos los del escalafón? Evidentemente no. Yo particularmente incluiría a los cincuenta primeros del escalafón y a un número similar de ganaderías. En una feria larga como puede ser Madrid, no incluiría a un torero más de una tarde. Con las novilladas y corridas de rejones ídem de lo mismo.
¿Utopía? Seguro. ¿Tauromaquia de lo absurdo? Pues también. ¿Que esto no se va a hacer nunca? Por supuesto. Pero aún así no estaría mal que a algún que otro empresario se le iluminara la bombilla y aunque no desarrollara esta idea tal cual sí que al menos se le aproximara. Y es que un mamporrazo en Madrid como los que pega Manolo el del bombo en los campos de fútbol lo puede pegar cualquier torero preparado, sea el líder del escalafón o haya toreado sólo dos corridas en una temporada.
Repito que esta es otra de mis muchas utopías. Y repito que cualquier parecido con la realidad siempre será pura coincidencia