viernes, 20 de marzo de 2015

El fondo y las formas...

No pensaba hablar de esto. No entraba en mis planes. Pero puesto que todo el mundo ha opinado, yo también lo haré. Y es que mucho se ha hablado en las últimas horas de lo que pasó ayer con El Soro en Valencia. A ver, vayamos por partes. El Soro ayer fue un hombre grande. Muy grande. Que alguien que ha estado marginado por todos, desahuciado por la medicina tras multitud de operaciones en su rodilla izquierda, arruinado, abandonado, cojo, en silla de ruedas, más muerto que vivo, obeso y con hábitos de sábado noche muy poco saludables, de repente se proponga una meta y la consiga, amigos, yo me quito el sombrero. El Soro, digan lo que digan, dio ayer una lección tremenda a la sociedad. Olvidémonos por un momento de las formas y vayamos al fondo. A los valores del toreo de los que tanto hablamos los aficionados para defender la Fiesta pero que luego no sabemos apreciar. El Soro ayer, sobre el ruedo de la plaza de toros de Valencia, representó los valores de la Tauromaquia, esos de los que carece la sociedad actual. Sacrificio, capacidad de lucha y de superación, optimismo, enfrentamiento cara a cara con la muerte sin trampa ni cartón -más si cabe por las pobres condiciones físicas del torero, fe en Dios y amor a la vida... A El Soro, dicho por él, en sus peores momentos, algunos compañeros toreros y amigos incondicionales (pocos), le tenían que llenar la nevera para poder comer. Así de triste. Y que después de todo lo que ha pasado este tío, sea capaz de volver a ponerse un traje de luces y enfrentarse al toro, pasado de kilos y en una precaria forma física, con 52 años y cojo, para mí es de chapó. No me duelen prendas si digo que ayer viendo la corrida me emocioné varias veces. Sí, aquello era una locura, pero una locura llena de pasión y vida. Una locura que no quería que se acabara nunca a pesar del miedo que estaba pasando. Me atrevería a afirmar que hasta no me importó apenas el tema estrictamente taurino. No me esperaba que toreara como Antoñete a sus sesenta y muchos. Eso ya lo sabía. Hubo pasajes de destoreo total, de antiestética acusada, de ventajismo, incluso de ridiculez cuando clavó la bandera valenciana en el centro del ruedo o salió a hombros sin haber cortado las dos orejas reglamentarias. (Bien es cierto también que le sacaron los chavales por propio fervor popular, como ocurría antiguamente, no porque él quisiera). De acuerdo. Eso no me gustó. Pero hubo valor. Tanto que se fue a la puerta de chiqueros a hacer una portagayola con una silla. A todo esto, sus compañeros Ponce y Manzanares no se dieron por aludidos. Ninguno captó el mensaje. Porque sí amigo: digamos lo que digamos, El Soro se comió con patatas ayer a sus dos compañeros. Los eclipsó y en la calle todo el mundo hablaba de El Soro. Casi nadie se acordaba de los veinticinco años de alternativa de Ponce o del luto de Manzanares. En arrojo y casta torera ganó Vicente. En ridículo por momentos también, aunque ese ridículo del que todos hablamos le costara una voltereta al entrar a matar a su segundo toro y la fractura de tres vértebras dorsales, lo cual lo tendrá una buena temporada en casa quietecito. Repito: me gustaría ver en una situación parecida a la del torero valenciano a tantos y tantos que lo han criticado despiadadamente. Había mucho que criticar, sí. Pero también mucho que alabar. Mucho. Y el toreo es tan grande por cosas como estas. Y los toreros son héroes por cosas como estas. No voy a entrar a valorar la condición de los toros de ayer porque no viene a cuento y porque además yo pienso que cualquier toro te puede matar. Cualquiera, sea cual sea su condición. La diferencia estriba en que unos enseñan más el peligro que otros. Dicho esto, no me gustaría volver a ver a Vicente en un ruedo. Su objetivo lo ha cumplido con creces y ahí queda eso para que alguien lo supere. Si Padilla dio una lección de vida hace tres años, El Soro ha dado tres o cuatro desde que decidió reaparecer. Se equivocó en las formas, sí. Pero no en el fondo. ¿Qué se habría dicho si no hubiera habido bandera, silla, jolgorio y destoreo? Probablemente otras cosas bien distintas...

lunes, 9 de marzo de 2015

Sevilla tiene un problema especial...

Volvió a suceder. Sevilla se quedó huérfana de figuras otra vez. ¿De quién es la culpa ahora? Mientras que el año pasado se le acusó salvajemente de villanos a la empresa Pagés y las cinco figuras ausentes se fueron de rositas, este año al parecer han cambiado las tornas. Y es que según me cuentan, en el aficionado sevillano de a pié comienza a haber una cierta desconfianza y enfado hacia los cuatro toreros de ese grupo inicial de cinco que no han querido venir este año. Para muchos aficionados de la capital hispalense, los villanos este año son Morante, el Juli, Perera y Talavante. La empresa pidió perdón públicamente como ellos querían, pero no ha habido respuesta positiva. Muy al contrario, algunos como Morante encima se han permitido el lujo de jugar al escondite con la empresa, allanando el camino primero a una posible y probable reconciliación y pegando un portazo después entonando aquello de si te he visto no me acuerdo. Y es que todo estaba listo para que Morante estuviera en la Feria de Abril. Al final, lo que todos sabemos: rotura de negociaciones porque según el torero la empresa ha mirado más por ella que por él, y una serie de mensajes por parte de Morante tanto al alcalde de Sevilla -este con visos muy claros de presunta manipulación de empresas-, como a un periodista de ABC dignos de la peor calaña. En fin, Morante es Morante, que dirían algunos. Particularmente a mí no me ha sorprendido la ausencia de la práctica totalidad de las figuras del G5. Es más, lo esperaba. Quizás lo anormal hubiera sido que todos hubieran estado este año en Sevilla después de la guerra de comunicados que hubo el año pasado. Algunos dieron su palabra de que mientras continuara la empresa Pagés al frente de La Maestranza no iban a volver a torear en Sevilla y la están cumpliendo a rajatabla. Es más, los ha habido que ni se han sentado a negociar. ¿Que esto es malo para la Fiesta? Sí. ¿Que esto es muy dañino para la plaza de toros de Sevilla? Por supuesto. Pero es de alabar también que ellos dieron su palabra de no volver y no han vuelto. Y un hombre vale lo que vale su palabra. Por tanto, en ese sentido, nada que reprochar. Por otra parte, y sin desmerecer a los tres toreros restantes, creo que la afición de Sevilla a quien quiere ver de verdad es a Manzanares. Es su torero preferido, su hijo predilecto, y lo van a ver cuatro tardes. Quizás también querían volver a ver a Morante sí o sí, y por ahí puede venir el cabreo de cierta parte de la afición, un cabreo que este año es contra el torero de la Puebla del Río por sus malas artes tanto en la negociación con la empresa como en los turbios mensajes que ha enviado a diestro y siniestro. Por lo demás, creo que se ha hecho una buena feria en líneas generales, bastante mejor que la del año pasado. Eso sí, Diego Urdiales no estará. Grave error por parte de la empresa. Y más con esa injustificada excusa de que no había hueco para él. Sin duda alguna, Sevilla y su afición se perderán el poder ver a un gran torero...

martes, 3 de marzo de 2015

Se necesitan taurinos...

Se necesitan urgentemente taurinos de los de antes. De los genuinos. De los auténticos. De esos que anteponían la Fiesta a los intereses económicos. Se necesitan taurinos como Canorea padre o Manolo Chopera, que miraban más por el enriquecimiento de la Tauromaquia que por el suyo propio. Hoy, por ejemplo, hay empresarios que no dan novilladas porque dicen que no son rentables económicamente. Lo dicen y se quedan tan anchos. Con toda la cara. Y hasta cierto punto lo puedo entender. Pero es que taurinos como los que he nombrado antes también perdían dinero montando novilladas en los años ochenta y noventa y no por ello dejaban de darlas. Sí, me podrás decir que quizá las novilladas de hace veinticinco años no tenían el atractivo que tienen ahora. Está claro que los Ponce, Jesulín, Chamaco, Manolo Sánchez, José Ignacio Sánchez, Finito de Córdoba o Manuel Caballero podrían tener algo más de tirón que los de hoy en día y que en consecuencia se llenaban más las plazas. Pero también es cierto que en aquella época algunos novilleros cobraban bastante más que los de ahora, los cuales salen en cada novillada comidos por servidos. (Si es que no tienen que pagar por torear). Aquella generación de empresarios apostó por los novilleros aun perdiendo dinero. Eran empresarios sí, pero ante todo buenos taurinos y excelentes aficionados capaces de sacrificar parte de su beneficio por el bien del futuro de la Fiesta. A ellos les debemos gran parte de las figuras del toreo que hemos tenido en los últimos veinte años. Cuentan que don Diodoro Canorea murió poco menos que medio arruinado y que Manolo Chopera acabó algo mejor pero tampoco le sobró el dinero. Su filosofía era esa: sacrificar parte de sus beneficios -a veces demasiados-, por garantizar un futuro de continuidad. Y todo ello por algo muy simple: eran aficionados de verdad. Hoy en día, la mayoría de los empresarios taurinos -no todos-, sólo miran por su beneficio. Son empresarios en el más estricto sentido de la palabra. ¿Qué es eso de promocionar la Fiesta si con lo que me ahorro al no montar una novillada me puedo ir una semana a Las Vegas? Créeme que algunos taurinos piensan así. La Tauromaquia en los últimos tiempos se ha mercantilizado tanto que para muchos es un simple negocio. Y cuando el negocio no funciona, pues se cierra el chiringuito. Así de simple. ¿Dónde está el espíritu romántico de los empresarios de antaño? Sencillamente ya no existe... Y para un par de ellos que pensábamos que iban por ese camino del empresario comprometido con la afición y con su afición, ahora se han unido a un multimillonario para que ponga la pasta y no pierdan tanto. Todo ello sin hablar de los que como digo, no montan ciertos espectáculos “porque pierden dinero”. (Conste que no critico cualquier aportación externa que reciba la Fiesta, y menos si es de alguien que tiene el dinero por castigo y que en vez de invertirlo en construir casas o en comprarse un barco, lo mete en el toro). Pero una cosa es el amor a la Fiesta y otra el amor al dinero que se puede sacar de ella. Como ves, son dos conceptos totalmente distintos...

jueves, 5 de febrero de 2015

Conspiración...

Habrá gente que me tome por loco. Es posible que lo esté. Habrá quien piense que veo fantasmas donde no los hay. Puede ser. Habrá quien diga que me gusta demasiado el misterio y los programas de Iker Jiménez. Pues sí, me gustan, ¿y qué?. A nadie le hace daño un poco de misterio y miedo de vez en cuando. No veo dónde está el problema. A lo que voy: llevo varios días dándole vueltas a un asunto. A nuestro Gobierno nacional no le gustan los toros. Casi nunca han gustado. Exceptuando a Adolfo Suárez, casi nunca, por no decir nunca, se ha visto a un Presidente del Gobierno en un tendido de una plaza de toros. Rajoy estuvo alguna vez en su querida Galicia (Pontevedra), pero evidentemente aún no era Presidente. Desde que lo empezó a ser, agua. Incluso no ha ido en alguna ocasión a los toros pese a haber estado invitado. Así pues, ni Felipe, ni Aznar, ni Zapatero, ni Rajoy se han dejado ver en una plaza de toros. ¿Los motivos? Pues algunos han sido antitaurinos declarados y otros no han ido por el qué dirán. También ha habido alguno que no ha considerado a la Fiesta Nacional como un rito cultural típico de nuestra nación, sino como una barbarie sin justificación alguna. Allá ellos. Lo que realmente me inquieta de un tiempo a esta parte es que nuestra Administración esté minando la Fiesta con sus impuestos abusivos. Que alguien me lo explique. Que alguien me explique porqué somos uno de los espectáculos que más IVA paga. Que alguien me explique porqué en los festejos taurinos se paga tanta Seguridad Social. Nadie me lo puede explicar, y mira que lo he preguntado por activa y por pasiva. Así que lo único que me queda es pensar en la teoría de la conspiración. Quizás no sea una conspiración como las grandes conspiraciones de la historia, pero algo de ello seguro que hay en todo este tropel de impuestos que se trae entre manos nuestro Gobierno. Es una teoría descabellada, lo sé, pero no me queda otra alternativa que pensar en una estrategia oculta para acabar poco a poco con la Fiesta. Es relativamente sencillo y lógico. Mira: si el Estado obliga a los empresarios taurinos a pagar grandes cantidades de dinero por organizar festejos, el empresario de turno no los va a dar o a lo sumo va a ir a lo seguro -dando sólo pocas corridas de toros y suprimiendo las muy deficitarias novilladas-. Si hay pocas corridas de toros y son deficitarias, el empresario cada vez dará menos hasta que no de ninguna -como ya ha pasado en algunos lugares-. Si no hay novilladas no hay cantera y difícilmente saldrá una, dos o tres nuevas figuras del toreo -desde Talavante en 2006 no ha salido ninguna, y de eso ya hace nueve años. No sé si me explico. ¿Entiendes por dónde voy? Que si, que a lo mejor alucino un poco, pero ya te he dicho que me gustan los programas de Iker Jiménez. Y del tema ganadero más de lo mismo. A los criadores de toros también les están poniendo zancadillas sin parar desde las Administraciones tanto nacionales como europeas. Los saneamientos se han multiplicado, las enfermedades bovinas curiosamente también, a algunos ganaderos les están obligando a matar gran parte de sus camadas de vacas... Y menos mal que no ha prosperado la iniciativa reciente de Los Verdes para eliminar las ayudas europeas a la crianza del toro bravo. Ellos que se las dan tan de animalistas, pretendían excluir a los ganaderos de los fondos de la Política Agraria Común y en consecuencia dejar al toro de lidia totalmente desamparado en comparación con el resto de bóvidos, si es que ya no está lo suficiente. ¿Ves los fantasmas ahora? Yo sí. Lo voy a decir muy claro: creo que hay una campaña bajo cuerda (osea, una conspiración en toda regla) para acabar con la Fiesta de los Toros por parte de nuestros políticos, tanto de los que mandan como de los que no. Y de mis trece no me saca nadie a menos que vea pronto resultados muy claros y beneficiosos para la Fiesta por parte de la Administración. Aunque sea en forma de fantasmas...

martes, 27 de enero de 2015

El FITuro de la Fiesta...

Como bien sabes, el pasado jueves se presentó en la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando de Madrid, la Fusión Internacional por la Tauromaquia (FIT). Se trata de una unión empresarial taurina que englobará a los tres países más importantes del escenario taurino, a saber, España, Francia y Méjico. Los hombres detrás de la FIT son el todopoderoso Simón Casas, el cada vez más omnipresente empresario mejicano Alberto Bailleres (a través de su empresa ETMSA y de Antonio Barrera como su representante legal) y José Cutiño. Según ellos, esto no es un territorio vedado a nadie, con lo que supuestamente, cualquier empresario podrá unirse a la fusión. En teoría, esta fusión se hace para promocionar y proteger la Fiesta ante los múltiples ataques antitaurinos que está sufriendo. Bien. Muy bien, diría yo. Al parecer, la FIT va a tener un organigrama legal que se hará cargo explícitamente de todas las afrentas que sufra el noble arte de la Tauromaquia. También se van a rescatar plazas de toros que están prácticamente desahuciadas del circuito taurino y se va a apostar fuertemente por los jóvenes valores, tanto novilleros como matadores de toros. Hasta ahí perfecto. Quizás necesitábamos algo así para dar la sensación de una vez por todas de que estamos bien organizados, de que podemos ser inmunes a lo malo que venga de fuera y que realmente tenemos un futuro largo y halagüeño. Esto no se debe de acabar. Pero a pesar de todo lo bonito y perfecto que esto pueda parecer, me vas a permitir que sea un tanto escéptico. Primero porque pienso que lo que subyace en todo esto es la ruina económica de la Fiesta en España y por tanto se ha tenido que echar mano de la inmensa riqueza del señor Bailleres. Vamos, que nos ha tenido que echar un capote para que la Tauromaquia en España pueda seguir subsistiendo. Y segundo: desde que se dio a conocer la creación de la FIT, hay una palabra que está martilleando mi cabeza sin parar: monopolio. ¿Por qué? Fácil: precisamente dos de los inductores de esta fusión son poseedores de un amplísimo poder en la Tauromaquia actual. Sí. Me refiero a Simón y a Bailleres. Y soy escéptico principalmente porque la FIT, recién nacida y así a bote pronto, engloba 22 plazas de toros entre los tres países, 7 toreros (Talavante ha sido la última y reciente adquisición de este recién creado organismo) y otras tantas ganaderías, entre las que se encuentra Zalduendo, de reciente adquisición (y las que puedan ir cayendo en un futuro). Al grano. Te enumero mis dudas: ¿se van a dar oportunidades reales a toreros interesantes de la segunda fila que pueden funcionar, o sólo van a ir a sus ferias los mismos de siempre? ¿Habrá represalias en el resto de plazas contra el que no se arregle en una en concreto? ¿Manejarán esto a su antojo? ¿Introducirán poco a poco en Méjico el toro de Domecq para según algunos "modernizar" el toreo allí, arrinconando definitivamente al de Saltillo? ¿Se va a defender de una vez por todas a los ganaderos, criadores de la materia prima fundamental de este espectáculo? ¿Se va a defender realmente la Fiesta con uñas y dientes? ¿Dejarán a otros empresarios tomar parte en el pastel? ¿Habrá monopolio? Imagino que lo iremos viendo conforme transcurran las primeras ferias en los tres países objeto de la unión. Y otra cosa: ¿por qué algunos empresarios españoles y franceses no tenían ni idea de esta fusión, enterándose de ella la misma mañana de su presentación? Si la FIT es realmente para promocionar y defender esto, qué menos que todo el mundo empresarial hubiera estado al tanto. Dudas y más dudas. Si quieres que te diga la verdad, este batiburrillo lo veo más como un monopolio que otra cosa, sobre todo porque viene de quienes viene y porque el monopolio siempre ha existido en la Tauromaquia; ahí están los ejemplos de la familia Dominguín, los Lozano, Manolo Chopera o Jardón, que han tenido el poder absoluto de la Fiesta en distintas épocas de la historia, llevando multitud de plazas de toros y toreros tanto en España como en Hispanoamérica. Llámame pesimista. Te prometo que no quiero serlo. Pero yo siempre pongo todo en una balanza. Y aquí, en este caso concreto, de momento, pesa más la niebla que la claridad. Ojalá me equivoque... P.D.: A parte de la palabra monopolio, también hay un nombre que martillea mi cabeza en todo este asunto: Morante. Que cada cual saque sus propias conclusiones...

martes, 13 de enero de 2015

Números naturales...

Hoy en día nos seguimos echando las manos a la cabeza. Los taurinos, los aficionados, todos los que amamos la Fiesta en general. Y siempre esgrimimos el mismo discurso: cada vez se dan menos festejos. Cierto. Cada vez se dan menos festejos. ¿La causa? Unos dicen que la crisis, otros que la falta de afición de las generaciones más jóvenes. Los más aventurados dicen que como no hay alicientes la gente no va a las plazas. Los más atrevidos hablan de falta de emoción en el toro y, por extensión, en el torero. Pero pocos se paran a pensar que lo que está ocurriendo es que estamos volviendo a los números naturales de la Fiesta. La Tauromaquia siempre ha sido, o al menos hasta los denostados años noventa y dos mil, un espectáculo elitista servido en no demasiadas grandes dosis. Posiblemente ahí haya residido gran parte de su atractivo a lo largo de la historia. La gente se ha quedado con ganas de más, y eso, ha engrandecido en cierto modo este espectáculo. Si analizamos los números, las épocas más gloriosas de la Tauromaquia, como fueron los años sesenta, setenta y ochenta, el número de espectáculos taurinos en España siempre rondaba los 400-500 poco más o menos. Ese era el número ideal y rara vez se salía de ahí. Con ese número de festejos todo funcionaba a la perfección, había figuras del toreo y, lo más importante, surgían otras nuevas cada poco tiempo. Con esos números bastaba. Los grandes toreros, las figuras, casi no iban a los pueblos y tan sólo toreaban en plazas de gran relevancia o donde hubiera un buen dinero que echarse al bolsillo. Sin embargo, llegaron los años noventa y el boom de las nuevas televisiones privadas acabaron con el cuadro. Se empezaron a retransmitir todo tipo de corridas -la mayoría de escasa calidad en cuanto a toros y toreros- y en poco tiempo la Fiesta se banalizó. Se dio una imagen de un espectáculo cutre y sin la importancia que tradicionalmente siempre ha tenido la Fiesta de los Toros. Se dañó muy seriamente este espectáculo. Eso, junto a la supuesta bonanza económica que vivía el país gracias a la construcción, hicieron que los festejos se multiplicaran alrededor de toda España. Y así, pueblos que habitualmente habían dado en sus fiestas patronales una o dos novilladas como mucho, pasaron a dar cuatro corridas de toros y una novillada con picadores. Fue la eclosión de una Fiesta cada vez más cutre y menos elitista. En consecuencia, en poco tiempo se pasó de 400-500 festejos hasta los 800, 900 y casi 1000 de finales de los años noventa y principios de los años dos mil. Una locura y un desprestigio. Como dije antes, la Fiesta, en vez de normalizarse, se banalizó, se “encutreció”, se ridiculizó. Pero llegó la crisis. Todos los personajillos superfluos que se hicieron ricos de la noche a la mañana y que a falta de otro hobby mejor se habían metido a ganaderos o empresarios desaparecieron. Se empezó a perder dinero y todo cambió. Y de casi mil festejos hemos vuelto a los cuatrocientos; los números naturales de este espectáculo. A pesar de todo el daño que ha hecho la crisis económica en la sociedad, al mundo del toro le ha beneficiado en cierta manera. Se ha eliminado todo lo que era un exceso sin sentido y cada oveja ha vuelto a su redil. Se diga lo que se diga, lo de antes no podía ser. Lo de ahora es más normal. Que sí, que entiendo que hay muchísimos toreros que no ven un pitón en toda la temporada porque no tienen ocasión de torear. Pero es que nadie dijo que esto fuera fácil. El que está ahí arriba es por algo y el que tiene condiciones y aún no está, ya llegará. La ley de la naturaleza es implacable y siempre acierta. Lo que está claro es que con la mitad de festejos que hace unos años, seguimos siendo el segundo espectáculo de masas de este país. O al menos eso dicen los que llevan las cuentas. Habrá que creérselo. Los toreros -sobre todo las figuras-, han pasado de torear cien o ciento y pico festejos al año (algo absolutamente excesivo y anormal) a como mucho cincuenta o sesenta corridas al año. Y aquí hago un inciso: no me imagino a Picasso o a cualquier otro artista de cualquier índole creando cien obras de arte al año. No puedo. Con los toreros me pasa lo mismo. Un torero es un artista, pero no sólo eso. Además su profesión es única. Se juega la vida. Y eso no se puede equiparar a nada y mucho menos restarle importancia. Algunos toreros han logrado quitarse esa importancia a sí mismos y a la Fiesta en general. Por suerte hemos vuelto al lugar del que nunca deberíamos haber salido. Hemos vuelto a lo natural. A lo realmente importante. A darle la trascendencia real que tiene este espectáculo. No somos deporte. No somos como los demás. Esto es Tauromaquia y no se puede ridiculizar. Es sagrado, ritual, un arte. Algo místico que diría aquel...

jueves, 11 de diciembre de 2014

¿Estamos tontos o qué?

Hacía tiempo que quería reflexionar sobre un asunto en concreto. Algo importante. Un tema que es muy indicativo de cómo se encuentra la Fiesta de los Toros en la actualidad. Hablo de Madrid. Y es que Las Ventas ya no es lo que era. No porque no se sigan produciendo los éxitos y los fracasos sobre su ruedo. Más bien es por la poca repercusión que tienen los primeros y la mucha que tienen los segundos. Yo, afortunadamente, soy todavía joven. Pero ello no me ha impedido poder ver con mis propios ojos cómo un torero que daba una vuelta al ruedo en Madrid automáticamente tenía veinte o treinta contratos encima de la mesa. Si se cortaba una oreja entonces el matador en cuestión se pegaba dos temporadas dando la vuelta a España contratado en todas las ferias. Y si en vez de una eran dos orejas, ese torero salía lanzado de Madrid casi en figura y no eran dos, sino tres o cuatro vueltas las que se daba toreando por todas las plazas del país. Cierto es que luego es muy difícil mantener ese ritmo y muchos novilleros y matadores han terminado disolviéndose en el olvido. Se me vienen a la memoria los casos de Manolo Carrión y sus tres orejas en el san Isidro de 1993 o Rafael de Julia en el del 2001. Claro que todos no pueden ser César Rincón, Joselito, Ponce o José Tomás. Quizá a Manolo y a Rafael les pudiera la presión. Quizá no tuvieran la suerte necesaria que se requiere en este difícil mundo. Quizá no supieron o no pudieron resolver la papeleta en otros sitios clave para poder mantener su estatus de triunfadores en Madrid y por ello llegó la ruina a sus carreras. Pero al menos gozaron durante un tiempo del privilegio de verse anunciados en los mejores carteles. Hoy, para que un triunfo en Madrid valga, tiene que ser muy rotundo y saber mantenerlo durante varias temporadas. Actualmente dar una vuelta al ruedo o cortar una oreja en Las Ventas no vale para nada. Y esto está ocurriendo desde hace unos seis o siete años. Estoy de acuerdo en que la reducción considerable de festejos debido a la crisis económica y taurina ha influido mucho. Pero ni tanto ni tan calvo. Se le está dando tan poca importancia a estar bien en una plaza importante que esto se ha tornado peligroso. Creo que en los últimos años se ha instaurado entre el taurineo reinante una deshumanización taurina sin precedentes. Ya casi nada importa. Ante esto yo me pregunto: ¿Estamos tontos o qué? ¿Tan poca importancia tiene el estar bien en una plaza de máxima relevancia? Por favor... Ahí están los casos de Pepe Moral, Serafín Marín, Paco Ureña, Eugenio de Mora, Leandro, Juan del Álamo, Ángel Teruel, Luis Miguel Encabo, Pérez Mota, Miguel Tendero, López Simón o Diego Urdiales. Toreros que han tenido actuaciones sensacionales en los últimos meses en Madrid y que están toreando nada más que cuatro o cinco corridas de toros al año, cobrando poco y mal y aguantando las ratonerías de ciertos empresarios taurinos. A decir verdad, algunas de esas orejas de algunos de esos matadores han sido algo discutidas por un sector de la afición venteña. Aun así han sido orejas de Madrid. Pero si los triunfos no cuentan, los fracasos lo hacen de más. Un torero que hoy esté mal en Madrid, automáticamente se le entierra en el más absoluto de los olvidos, sin tener en cuenta que es humano y que como humano tiene derecho a estar mal y a equivocarse. Pero no sólo el torero. También el abogado, el médico, el albañil o el mecánico. Todos sin distinción. Creo que hay que ser más comprensivo algunas veces y que cuando en una plaza de toros hay una bronca hacia un matador -las broncas siempre han sido también muy toreras y, cada vez hay menos-, hay que saber esperar a la siguiente vez que se ponga el traje de luces. Reflexiona un poco amigo: si Madrid no tiene repercusión, ¿qué nos queda?, ¿a qué nos agarramos? Con todos mis respetos hacia las demás plazas de toros del mundo, ¿qué coso es más importante en cuanto a triunfos que la plaza de toros de Las Ventas? Exacto. La respuesta es ninguno, y creo que no es el momento ni el lugar para explicar porqué Madrid es tan importante, aunque algún día prometo escribir sobre ello y explicarlo a mi manera. Aun así, doy por hecho que todos lo sabéis. Estamos tontos. Los empresarios están tontos, mejor dicho. Es para pensárselo y darle vueltas. Aunque si se le da muchas, al final se llega a la conclusión de que sí, de que nos hemos vuelto todos tontos de remate...